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Dios te llama a seguirle

Me gustaría compartir con quien lea este escrito el por qué decidí un día decirle sí al Señor en una congregación religiosa y por qué en una congregación que acompaña a mujeres en situación de prostitución.


En mi historia de fe, no hay hechos extraordinarios de conversión, apariciones, o fenómenos místicos. Dios en mi vida ha sido siempre como una brisa fresca que me ha acompañado durante mi crecimiento personal. Cuando era pequeña, Jesús se convirtió en mi amigo. Alguien con quien podía hablar, contarle mis sentimientos, mis miedos, y dudas. Antes de acostarme le confiaba todo lo que había vivido en el día y sentía mucha paz.

Fui creciendo y Jesús se fue convirtiendo en alguien más exigente. Aprendí a mirar las realidades sufrientes del mundo y me producía dolor. Sentía en mi interior algo que me llamaba a querer estar ahí, a aliviar el dolor de los otros. Pero al mismo tiempo me sentía incapaz.


Con dieciocho años intuía que Dios me pedía algo más. Todo lo que hacía era muy bueno, era feliz, pero había siempre un vacío interior que nunca terminaba de llenarse y en el silencio de la noche, después de un día de fiesta o de algún evento, ahí está ese vacío para recordarme que algo faltaba. En ese momento de mi vida no pude responder a la llamada de Dios. El miedo, el no creerme capaz de ser religiosa, todo a lo que tendría que renunciar, me impidió ser libre para dedicar el tiempo suficiente a discernir lo que Dios me estaba pidiendo.


En la universidad pasé unos años increíbles de apertura, de amistades, de experiencias y de conocimientos. Pero el vacío interior jamás se llenó lo suficiente como para sentirme plenamente feliz o realizada.


Aunque estuviese estudiando nunca abandoné mi tarea como catequista. Cuando tenía 26 años, una amiga catequista sufrió un accidente y falleció. Fue un momento de crisis. Hasta ese momento la muerte era algo lejano y fue la primera vez que me tuve que enfrentar a ella desde la fe en Jesús. Si de verdad creía en Jesús, la muerte no podía ser el fin, si de verdad creía en la resurrección mi amiga también resucitaría…


Justo en esos meses un amigo sacerdote me preguntó si yo alguna vez había pensado en dedicar mi vida a Dios. Evidentemente le dije que sí, aunque me costó mucho expresarlo. Desde ahí ya comencé un discernimiento más serio intentando descubrir lo que Dios me estaba pidiendo.


Este mismo amigo que dijo que las Oblatas organizaban un campo de trabajo en Tenerife (yo soy de allí), y me animó a participar. Realmente no sabía a qué se dedicaban las Oblatas, pero como estaba en modo “lo que tú quieras Señor”, fui.


Descubrí una realidad, la de las mujeres en prostitución, que me cautivó por completo. Conocí a hermanas oblatas que habían dedicado su vida entera a acompañarlas, a cuidarlas, a restituir una dignidad que creían perdida o rota por una vida de mucha violencia. Conocí a mujeres para las cuales las hermanas eran su familia. Cuando el último día celebramos la eucaristía yo sentí que ese era mi sitio, por primera vez en mi vida sentía que el vacío interior estaba lleno. Ese era mi lugar en el mundo.


Acompañar a las mujeres que han sufrido las consecuencias de la prostitución no es fácil. En general son mujeres que sienten que su vida no ha tenido mucho valor, han sido en algunos casos despreciadas por sus familias y amigos, socialmente siempre han sido mal miradas. Tengo que decir que, en mi vida como oblata, la inmensa mayoría de mujeres con las que he compartido, no están ejerciendo prostitución de manera libre, se han visto impulsadas a ello por condiciones de vida de mucha vulnerabilidad, por falta de oportunidades o por verse inmersas en mafias o redes de trata y tráfico de personas.


Hoy la realidad de prostitución no solo está en las calles, está en las redes sociales, en pisos, clubs, en discotecas, bares, etc. La Familia Oblata está en constante aprendizaje para seguir estando cerca de las mujeres que necesitan una palabra, un gesto de cariño, una mano donde agarrarse, una puerta de escape donde ver una posibilidad de esperanza. (Por cierto, siempre hacen falta manos en la tarea de voluntariado para llegar a más sitios).


Siento que Dios fue guiando mi vida y hoy lo leo en signo de agradecimiento por todas las personas que han sido faro, ya que me han alumbrado el camino y puerto donde me he podido refugiar. Las mujeres de los proyectos me han enseñado a ser oblata: entrega de cada día, en las pequeñas cosas, en los pequeños gestos, haciendo realidad un mundo mejor, y construyendo poco a poco en Reino que Dios quiere. ¿Te sumas?


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