El misterio de Dios
- Luis Emilio Pascual Molina

- hace 43 minutos
- 3 min de lectura
Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo A
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”. Así concluye Pablo su segunda carta a los cristianos de Corinto. Son las palabras finales de la segunda lectura de hoy, las mismas que tantas veces dirigimos a la asamblea celebrante al inicio de cualquier acto litúrgico. Y es que cuando nos reunimos, no lo hacemos en nombre propio o de alguien particular: es Dios quien nos convoca, y Dios es “familia”, “comunión”. Cuando concluimos una oración o un salmo repetimos “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”, y al final de la Plegaria Eucarística -centro y núcleo de la Eucaristía- proclamamos la doxología que sintetiza todo el misterio celebrado: “Por Cristo… a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…”.
Tres personas, un solo Dios. Este es el misterio que hoy celebramos, la fiesta de la Santísima Trinidad, un día que nos invita a la contemplación, la interioridad y la oración profunda desde el silencio, para escuchar a Dios que nos ama y nos habla. Hoy, celebramos a Dios, “el que ama, el amado y el amor” -en palabras de San Agustín-, “misterio de comunión y de amor”. El escritor francés Michel Fédou nos lo describe así: “misteriosa comunión de tres que no son sino uno, como la raíz que produce el árbol y el fruto, la fuente de la que procede el arroyo y el agua, el sol del que procede el rayo y la luz que sale del rayo”. Misterio inabarcable por la razón, pero misterio creador, redentor y santificador para el hombre. Lo importante no es tanto “entender” a Dios, sino “experimentar el poder transformador” de Dios, sentir su presencia amorosa, reconocerle en su acción diaria. Y es que uno no es ni será cristiano por la razón o por la inteligencia del misterio, sino por la experiencia del encuentro gratuito con Dios, que se hace el encontradizo en las circunstancias concretas de la vida.
Por otro lado, el Evangelio de hoy nos presenta la esencia del cristianismo. Suelo repetir que este versículo -Jn 3,16- es el resumen de toda la Biblia: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan Vida Eterna”. Tanto me ha amado Dios a mí, que Jesucristo, por obra del Espíritu, realiza la voluntad del Padre y ofrece su vida por mis pecados. Él paga mis deudas, “sus cicatrices me han curado”.
Celebramos la Jornada Pro-Orantibus. Hoy oramos por los religiosos de Vida Contemplativa. Son la manifestación del vivir plenamente en Dios, vivir “sin propio”, de la radicalidad en el abandono. El lema este año es “Vida contemplativa, ¿por quién eres?”. En su mensaje, los obispos nos recuerdan que, en un tiempo y contexto cultural marcados por la prisa, la dispersión interior y la tentación de medir la vida desde la eficacia inmediata, junto con una sed de espiritualidad a muchos niveles, «la vida contemplativa recuerda a toda la Iglesia que la pregunta decisiva no es solo qué podemos hacer y esperar, sino también, y sobre todo, por quién somos, vivimos y actuamos, por quién alzamos la mirada».
Ante la fiesta de hoy, la fiesta de la intimidad de Dios, sólo nos queda -como a Moisés en el Sinaí- la contemplación y la adoración.





Comentarios