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Escuchad, reyes

(Sb 6,1-11)


Y volvemos al principio. Ya dijimos que el capítulo sexto hay que leerlo mirando de reojo al capítulo primero. En los dos se habla a los gobernantes de la tierra. Estamos ya en el final del exordio. Se trata de suscitar el deseo. Todavía no nos han explicado qué es la Sabiduría, ni de dónde viene, ni cómo se consigue. Esto será a partir del capítulo séptimo.


Ahora toca cerrar el círculo. Después de haber visto el contraste entre el final de los impíos y el de los justos volvemos a pensar en los reyes de esta tierra.


El párrafo que acabas de leer, lo recordarás, hablaba de los tronos. Por muy poderosos que aparezcan los gobernadores y los emperadores, si no tienen Sabiduría serán desalojados. Y los justos ocuparán su lugar, su propio lugar.


Por eso los verdaderos reyes son los que dejan que la Sabiduría entre en su vida.

Además de que, ya te lo comenté, es bueno que recuerdes que tú eres verdaderamente rey por tu Bautismo.


Así que, rey mío, atento a lo que sigue, que te está hablando a ti. Este texto está escrito para ti. También está escrito para esos judíos que han renunciado a su fe, o están tentados de hacerlo, para conseguir así un puesto en la administración del Imperio Romano, que tenía que ser muy grande en una ciudad como Alejandría.

Y también está escrito para el hombre más poderoso que existía entonces en la tierra, Octavio Augusto. Todo el poder concentrado en un solo hombre.


Léelo, pero empieza por aplicártelo a ti. Creo que es lo más práctico.

 

Escuchad, reyes, y entended;

 aprended, gobernantes de los confines de la tierra. 

2Prestad atención, los que domináis multitudes

 y os sentís orgullosos de tener muchos súbditos: 

3el poder os viene del Señor

 y la soberanía del Altísimo.

 Él examinará vuestras acciones

 y sondeará vuestras intenciones. 

4Porque, siendo ministros de su reino,

 no gobernasteis rectamente, ni guardasteis la ley,

 ni actuasteis según la voluntad de Dios. 

5Terrible y repentino caerá sobre vosotros,

 porque un juicio implacable espera a los grandes. 

6Al más pequeño se le perdona por piedad,

 pero los poderosos serán examinados con rigor. 

7El Dios de todo no teme a nadie,

 ni lo intimida la grandeza,

 pues él hizo al pequeño y al grande

 y de todos cuida por igual, 

8pero a los poderosos les espera un control riguroso. 

9A vosotros, soberanos, dirijo mis palabras,

 para que aprendáis sabiduría y no pequéis. 

10Los que cumplen santamente las leyes divinas serán santificados,

 y los que se instruyen en ellas encontrarán en ellas su defensa. 

11Así, pues, desead mis palabras;

 anheladlas y recibiréis instrucción.

 

Al principio y al final de este párrafo el autor nos insiste en lo mismo: escuchad… entended… aprended… prestad oídos (Sb 6,1-2) los que son enseñados… desead mis palabras, ansiadlas (Sb. 6,10-11).


Final ya del exordio. En breve va a empezar lo bueno. Se trata de despertar el deseo de conocer a nuestra amiga la Sabiduría.


Oídos atentos que pronto va a empezar lo bueno. Un par de cosas más querría decirte sobre lo que acabas de leer. Del Señor habéis recibido el poder (Sb 6,3) dice el texto. Y esto quiere decir muchas cosas.


Hace muy poco tiempo que Octavio Augusto ha conquistado el poder absoluto sobre Egipto. Eso sucede en el año 30 aC. Y con ello todo ha cambiado en el país, y especialmente en la gran ciudad de Alejandría.


El milenario poder de los faraones ya no existe. Cleopatra fue la última representante del poder lágida. Según la tradición el veneno de una serpiente acabó con ella. Un nuevo régimen se impone. El autor usa una palabra griega para hablar de este poder de Octavio Augusto sobre Egipto que hasta entonces no se había usado así. Y cuando muere Augusto, allá por el año 14 dC, deja de usarse esa expresión. Puede parecer un poco traído por los pelos, pero es real. En las fuentes se puede comprobar.


Por eso es por lo que dijimos antes que se puede datar este libro nuestro en esta época. Si se hubiera escrito antes o después, el autor lo habría dicho de otro modo. El autor quiere recordar a los lectores del libro que el poder civil tiene su origen en Dios. Y por eso tiene que ser respetado. Es una doctrina tradicional en la Escritura, el mismo Daniel se lo dice explícitamente a Nabucodonosor (cfr. Dn 2,37). El Nuevo Testamento la recibe tal cual y la repite (cfr. Rm 13,1).


Me viene a la cabeza el diálogo entre Jesús y Pilato, momentos antes de la condena a muerte: no tendrías ningún poder contra mí si no se te hubiera dado desde arriba (Jn 19,11). Por un lado, el recordar a los súbditos el respeto a la autoridad, porque de Dios viene. Pero, por otro lado, recordar a la autoridad que su poder no es suyo en propiedad, que es prestado. Lo tendrá que devolver en su momento, y rendir cuentas sobre su ejercicio.


Desde hace tiempo me ha llamado la atención la palabra “virrey”. Es un concepto muy español. Un señor que está en un territorio, quizás muy lejano, y que actúa como si fuera el mismo rey. Pero no lo es. Está allí porque el rey ha delegado su poder en él. Y en un momento dado tendrá que dar cuenta de lo que ha hecho. Le espera un juicio.

Pues así para todos los gobernantes de la Tierra. Su poder es delegado. Y el verdadero rey los llamará en su momento. Es bueno no olvidarlo. Y una aclaración más sobre este texto. El autor dice a los gobernantes: ni guardasteis la ley (Sb 6,4).


Cuando a un judío se le habla de la ley ya no hay que decir nada más. Todos saben de qué está hablando. La Ley que Dios dio a Moisés en el Monte Sinaí y que ha sido custodiada por el pueblo elegido durante siglos.


Pero es verdad que en este texto el autor se está dirigiendo a los que tienen poder en esta tierra, a los reyes, los gobernantes. Y entre ellos no es que haya muchos judíos. Y si hay alguno es porque ha renunciado a la fe de sus padres para alcanzar el poder.


Así que, si está hablando a paganos, ¿qué quiere decir cuando habla de “la ley”?

Existe, pues, una ley que es común para todos, y que está por encima de todos, también del todopoderoso Augusto. Los estoicos y los neopitagóricos ya habían hablado de este concepto. Es lo que nosotros solemos llamar “Ley Natural”. A ella están sometidos todos los hombres, sean quienes sean. Y no está relacionada con una revelación explícita de la divinidad a un grupo de personas concreto. Es universal en el espacio y en el tiempo.


Así pues, la misma palabra “ley” le sirve al autor para decir dos cosas distintas al lector, según sea israelita o no. Aquello que dijimos de la ambigüedad voluntariamente querida por parte del autor.

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