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Líbranos del mal

Nos acercamos al fin de la meditación sobre el Padrenuestro. Pedimos al Señor que «nos libre del mal».


 

Estas últimas palabras del Padrenuestro están en perfecta correlación con las primeras. No sólo Dios es Padre. Jesús, en el Evangelio, dice que existe otra paternidad diferente y exclusiva. A los fariseos les decía Jesús «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre» (Jn 8 44).


Esta séptima y última petición del Padrenuestro en griego puede traducirse de dos modos distintos: Líbranos del mal y Líbranos del Malo. En un caso se trata de un neutro (lo malo, el mal), y en el segundo de un masculino (el malo) Desde San Agustín, la Iglesia ha preferido el neutro y ha traducido: Líbranos del mal”. Pero los padres griegos prefirieron el masculino y lo interpretaron como: “Líbranos del Malo” de Satanás.


1.- Líbranos del mal

La liberación del mal puede tener lugar de dos modos distintos: “liberar a uno de un peligro, en el que aún no ha caído, pero que está cercano y amenazador; o también liberar a una persona de una situación opresora, de un mal que está sufriendo, en el que ya ha caído.


En cualquier caso, lo que es claro es que ante el «mal» Jesús no fue indiferente. Nos habla el evangelio de un accidente en el cual la torreta de Siloé cayó aplastando a dieciocho víctimas. En la interpretación del hecho Jesús descarta cualquier castigo divino: «¿Pensáis que ellas eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?; no, os lo aseguro» (Lc 13,4). El mal no viene de Dios; queda al otro lado. Es la fe bíblica confesada en los primeros capítulos del Génesis.


Ante la injusticia social y la enfermedad, Jesús no permaneció pasivo. «Pasó haciendo el bien» y combatiendo a las fuerzas diabólicas que dividen a los hombres y tiran por el suelo a las personas En esas reacciones manifestaba los sentimientos del Padre compasivo que nos acompaña en nuestros males y es sensible a nuestro dolor. La encarnación significa la entrada de Dios mismo en nuestra condición doliente, participando con nosotros del azote de tantos males, del fracaso de tantos empeños fallidos y sobre todo del mal de la muerte que nos lo arrebata todo de una vez.

Jesús hace suyo nuestro sufrimiento, pues el Hijo, siendo «de la misma substancia del Padre, sufrió». De poco serviría el mero acompañamiento, si a la hora de la verdad el mal lo venciera a él tanto como a nosotros.


¿Cómo podríamos confiar en un Dios incapaz de hacer felices a nuestros seres queridos y a nosotros mismos? En la conducta de Jesús se revela que Dios está venciendo al mal en nosotros y con nosotros, fortaleciéndonos y haciéndonos libres en el sufrimiento.

No puede uno pretender verse libre de todo mal terreno porque Jesús exigió a los suyos la disposición para sufrir pobreza, soledad, falta de cobijo, ataques, calumnias u persecuciones y cruces. El seguimiento de Jesús nos libra de muchos males, pero nos mete en otros terribles como las torturas de los mártires. Solo hay un mal absoluto que es el pecado del que ha venido Jesús a liberarnos.


Frecuentemente nos fortalece más la adversidad que las facilidades. Recordemos aquel aguijón que le hacía sufrir a San Pablo (2 Cor 12,7-10) y del que pidió verse libre sin conseguirlo. Y de hecho aquel hombre enfermizo y ya anciano en menos de diez años recorrió varias veces la mitad oriental del imperio romano fundando más comunidades cristianas que cualquier otro apóstol.


Algo parecido podríamos decir de las persecuciones. En Hechos 8,1 leemos que tras el martirio de Esteban se desató una gran persecución contra la Iglesia. Los cristianos de habla griega se dispersaron, pero “al ir de un lugar a otro los prófugos iban anunciando el evangelio” (Hch 8,4). Hay muchísimos más ejemplos en la Historia de la Iglesia.

También podríamos aplicarlo a los fracasos profesionales, o fracasos en los estudios, o fracasos amorosos. Conocemos muchos casos en los que estos fracasos fueron sublimados y permitieron alcanzar grandes cosas. Pensemos en la bendición tan grande que fue para Ignacio y para la Iglesia aquella bala de cañón que le dejó cojo para toda su vida.


2.- Líbranos del malo

La Biblia llama “El Malo” a Satanás (Ef 6,16; 1 Jn 2,13-14; 3,12; 5,19-19). Ningún ser humano merece ser llamado “El Malo”, nosotros somos malos solo en un sentido adjetival. Satanás lo es sustantivamente y con mayúsculas.


La vida de Jesús como Mesías se dirige toda ella contra él. Fue atacado por Satanás en el desierto (Mc 1,13). Jesús lo persigue sin darle tregua. Las expulsiones de demonios son derrotas continuas, anticipos de la caída definitiva de Satán, a quien Jesús «ve caer del cielo como un rayo» (Lc 10,8). Esta caída final tendrá lugar más tarde.


Por desgracia hemos dejado de creer en Satanás y eso lo vuelve mucho más peligroso. Pero ¿no tenemos todos experiencia de sentirnos dominados por una fuerza ajena a nosotros que arruina nuestros mejores propósitos. Nos propusimos ser más responsables, más ordenados, más amables, más serviciales, más castos, más generosos… La realidad es que no hay ninguna propuesta susurrada por el Espíritu Santo en nuestro interior que no vaya seguida inmediatamente por una contrapropuesta del Malo. Pero después de haber tomado el pulso al poder del Malo en nuestras vidas, el resultado no es vivir en el temor, sino en la confianza. “En el mundo tendréis muchos males, pero tened confianza: Yo he vencido al mundo” (Jn. 16,33).

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