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La muerte de los justos

(Sb 3,1-12)


No sé si te acuerdas del texto que vimos hace poco, cuando los impíos quieren poner a prueba al justo, y dicen que lo importante es ver qué sucede en su muerte (Sb 2,17), pues de esto es de lo que se trata. ¿Qué sucede cuando se muere un justo?


El tema es bastante interesante. Y cambia toda la concepción de la vida misma. Léelo con calma. Está hablando de ti. Mejor dicho, te está hablando a ti. Y algo te querrá decir. El Señor no suele desperdiciar las palabras.


En cambio, la vida de los justos está en manos de Dios,

y ningún tormento los alcanzará.

2Los insensatos pensaban que habían muerto,

y consideraban su tránsito como una desgracia,

3y su salida de entre nosotros, una ruina,

pero ellos están en paz.

4Aunque la gente pensaba que cumplían una pena,

su esperanza estaba llena de inmortalidad.

5Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes bienes,

porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él.

6Los probó como oro en el crisol

y los aceptó como sacrificio de holocausto.

7En el día del juicio resplandecerán

y se propagarán como chispas en un rastrojo.

8Gobernarán naciones, someterán pueblos

y el Señor reinará sobre ellos eternamente.

9Los que confían en él comprenderán la verdad

y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado,

porque la gracia y la misericordia son para sus devotos

y la protección para sus elegidos.

10Los impíos, en cambio, serán castigados por sus pensamientos,

pues despreciaron al justo y se apartaron del Señor.

11Desgraciado el que desdeña la sabiduría y la instrucción;

vana es su esperanza, baldíos sus esfuerzos e inútiles sus obras.

12Sus mujeres son necias,

depravados sus hijos

y maldita su posteridad.


Parecía, consideraban, pero ellos están en paz (Sb 3,3). La amiga Sabiduría nos permite conocer las cosas como son en realidad, no como aparecen. En una cultura donde sólo importa la imagen, la foto, el comentario de un famoso, nos viene bien recordar la importancia de la realidad, muy por encima de la apariencia o de la opinión. Sabiduría, no chismorreo. Y la verdad se llama inmortalidad (Sb 3,4).


Empieza hablando sólo de las almas de los justos (Sb 3,1) y después nos habla de ellos (Sb 3,3). Está una cosa en paralelo con la otra. Sin demasiadas disquisiciones filosóficas el autor nos dice que después de la muerte el alma sigue viva, y que en ese alma está presente la persona entera.


Y dice algo más. Habrá un día muy especial, el día de la visita (Sb 3,7), y ese día los justos tendrán una misión que cumplir: pegar fuego, juzgar, someter (cfr. Sb 3,7-8). Hemos hablado al principio de ello. Este libro, además de afirmar con claridad la supervivencia del alma después de la muerte, también da pie para poder hablar de un día en que también el cuerpo tomará parte en esta nueva vida de después de la muerte. No lo dice explícitamente, es verdad, pero muchas afirmaciones apuntan en este sentido. Recuerda el buen concepto que tiene nuestro autor de la creación material.


El tema de la visita me recuerda al final del texto que llamamos en su momento “el justo perseguido” (Sb 2,12-20). También allí se usa este mismo término para hablar del final de los justos. Aquella apuesta que se habían hecho los impíos, ahora se cumple. Y ellos la pierden. El justo sale ganando. Para los impíos quedan adjetivos como vanos, necios, inútiles, insensatos, malos, malditos. Y con ello como que nos abre ya la puerta para el texto que viene después, tremendamente llamativo para un hombre de la época, ya verás.


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