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Los impíos frente al justo

(Sb 5,1-13)


Empezamos como una vuelta atrás. Hemos pasado ya el centro del exordio, con el ejemplo de aquellos que se han fiado del Señor (Sb 3-4). Así que ahora vamos recorriendo en sentido inverso las etapas que antes hemos hecho. Primero volvemos a encontrarnos con los impíos (Sb 5) y finalmente el autor se dirigirá a los que rigen la tierra (Sb 6).


Es importante leer esta parte recordando el pasaje que llamamos “el justo perseguido” (Sb 2,12-20). Allí, lo recordarás, los impíos decían que con la muerte se acaba todo, así que hay que aprovechar al máximo los placeres que proporciona esta tierra. Y, como el justo les es molesto, deciden atacarlo, no quieren que exista, planean quitarlo de en medio.


En un momento dado quieren darle una apariencia de racionalidad. Si el justo dice que existe una vida después de la muerte, vamos a probar a ver si tiene razón.

Y éste es el resultado de la prueba.


En este texto nos encontramos después de la muerte. El justo y los impíos se encuentran, frente a frente. Y no tiene que decir nada. Ellos mismos se lo dicen todo. Lee el texto con atención. Intenta ponerte en la piel de aquéllos.


1Entonces el justo estará en pie con gran aplomo

delante de los que lo afligieron y despreciaron sus trabajos.

2Al verlo, se estremecerán de miedo,

estupefactos ante su inesperada salvación.

3Arrepentidos y gimiendo de angustia se dirán:

4«Este es aquel de quien antes nos reíamos

y a quien, nosotros insensatos, insultábamos.

Su vida nos parecía una locura

y su muerte, una ignominia.

5¿Cómo ahora es contado entre los hijos de Dios

y comparte la suerte de los santos?

6Sí, nosotros nos desviamos del camino de la verdad,

la luz de la justicia no nos alumbró

y el sol no salió para nosotros.

7Nos fatigamos por sendas de maldad y perdición,

atravesamos desiertos intransitables,

pero no reconocimos el camino del Señor.

8¿De qué nos ha servido nuestro orgullo?

¿Qué hemos sacado presumiendo de ricos?

9Todo aquello pasó como una sombra,

como noticia que corre veloz,

10como nave que surca las aguas agitadas,

sin dejar rastro de su travesía,

ni estela de su quilla en las olas.

11O como pájaro que corta el aire

sin dejar rastro de su paso;

con un aleteo azota el aire ligero,

lo corta con agudo silbido,

se abre camino batiendo las alas

y al final no queda rastro de su paso.

12O como flecha disparada al blanco,

cuya herida en el aire se cierra al instante,

siendo imposible conocer su trayectoria.

13Igual nosotros: nacimos y nos eclipsamos

sin dejar ni una señal de virtud que poder mostrar,

nos consumimos en nuestra maldad».


Los impíos pensaban que sabían mucho. Y se reían del justo porque creían que estaba equivocado. Y el justo no dijo nada entonces. Y ahora tampoco necesita decir nada. Estamos en la vida después de la muerte. Cada uno con las consecuencias de sus acciones.


El justo está de pie, con la capacidad de actuar libremente (cfr. Sb 5,1). Este concepto aparece con mucha frecuencia en el Nuevo Testamento, especialmente para hacer referencia a la actitud de los primeros cristianos ante las persecuciones.


Y el justo no dice nada, no hace falta. Comprobemos lo que sucede en su muerte (Sb 2,17), habían dicho los impíos, y ahora lo están viendo con sus propios ojos. Y tienen que cambiar de opinión (cfr. Sb 5,3). Y usa el autor el verbo que, habitualmente, hace referencia a lo que nosotros llamamos conversión. Nos hemos reído de él, y resulta que nos hemos comportado como unos insensatos. Lo quisimos poner a prueba a ver si de verdad Dios era su padre (cfr. Sb 2,16-17) y resulta que tenía razón, lo es (cfr. Sb 5,5). Y entonces los impíos se dan cuenta de lo que ha sido toda su vida mientras estaban sobre la tierra: lejos de la verdad, de la luz, del sol. Su vida no ha servido para nada.


El autor vuelve a usar el término “sombra”. En su momento le sirvió para justificar la búsqueda desenfrenada del placer (cfr. Sb 2,5-9). Y ahora le sirve para expresar cómo su vida no ha servido de nada. Las comparaciones son muy expresivas. Pensaban que iban a dejar un rastro que durara por siempre, y resulta que es como si no hubieran vivido, como si nunca hubieran existido.


Igual que un barco no deja rastro cuando ya ha pasado, igual que un pájaro no marca el sitio por donde ha estado volando. Como una flecha en el aire. En cuanto ha pasado su hueco se vuelve a ocupar al momento. Aquí no ha pasado nada. Así ha sido el rastro de los impíos.


Recuerda la importancia que tenía entonces el recuerdo de una persona, que alguien se acordara de su nombre una vez que había muerto, la necesidad de dejar descendencia. Pues todo eso no sirve para nada sin la Sabiduría. Sin rastro. En cuanto somos engendrados dejamos este mundo (Sb 5,13). Ni placeres, ni riquezas, ni muchos años o muchos hijos. Lo único que va a permanecer es otra cosa distinta.

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