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Los Padres, de Adán a Noé

(Sb 10,1-4)

 

Este capítulo es un tanto extraño. Ya hemos acabado la parte del libro en que hablaba de la Sabiduría, en cuanto tal. Empezamos el recuerdo de su actuación en la historia de los hombres, un recuerdo que es al mismo tiempo una oración. Y en medio, entre una cosa y otra, encontramos esta introducción. Ya empezamos a recordar la historia. Pero seguimos hablando de la Sabiduría. La cita explícitamente cuatro veces en este capítulo (cfr. Sb 10,4.8.9.21). Y esta palabra casi no vuelve a aparecer en el resto del libro.


Es verdad que estamos ya recordando los hechos de la historia. Pero este recuerdo todavía no se ha convertido en oración, al menos en su formulación explícita. Hasta que no empiece el capítulo siguiente el autor no se va a dirigir a Dios en segunda persona del singular: te invocaron (Sb 11,4), que es el modo habitual de dirigirse a Dios en esta parte del libro.


Y luego está el contenido. Toda esta oración que sale de la memoria agradecida se va a centrar en los acontecimientos que rodean la salida de Israel de Egipto, los acontecimientos que encontramos narrados en el libro del Éxodo y en el de Números. Pero este capítulo quiere ser una introducción. Antes de hablar de lo que nos interesa quiere hacer un repaso rápido. Vamos a recordar algunas de las intervenciones de nuestra amiga Sabiduría en la historia de los hombres anteriores a Moisés.


Nuestro autor es un genio del lenguaje. Nos va a contar la historia de la Salvación, por lo menos parte de ella, y no va a usar ningún nombre propio. Cuenta con nuestra inteligencia y con nuestros conocimientos. Por sus alusiones vamos a tener que saber de quién está hablando, sin que él nos lo diga. Y lo vamos a hacer. Ya verás.


Tres personajes vas a encontrar en estos pocos versículos: Adán, Caín y Noé. Lee el texto, es muy corto, y ahora mismo te doy algunos datos que te ayuden.

 

Ella fue quien protegió al padre del mundo, el primero que fue formado,

 cuando él era la única criatura; lo levantó de su caída 

2y le dio el poder de dominar todo. 

3Pero cuando el criminal iracundo se apartó de ella,

 pereció por su saña fratricida. 

4Cuando por su culpa se inundó la tierra,

 de nuevo la salvó la sabiduría,

 llevando al justo en un simple tablón. 

 

Hace mucho tiempo, cuando estábamos leyendo el principio de capítulo séptimo de nuestro libro, hablamos también de Adán. Allí aparecía una palabra que hasta entonces nadie había usado todavía, por lo que nosotros sabemos. La podemos traducir como “el primero que fue formado”.


Si el autor usa una palabra sólo dos veces, y más si es una palabra tan extraña como ésta, algo nos puede querer decir. Es verdad. Allí señalaba el inicio de la segunda parte del libro (cfr. Sb 7,1). Y aquí marca el inicio de la tercera y última parte (cfr. Sb 10,1).


Este texto tiende a ser un poco exagerado. Forma parte del modo de hablar. Queremos que quede clara la diferencia entre los que viven con la Sabiduría y los que la rechazan. Y a veces se dicen las cosas amplificando un poco la realidad.


De Adán se dice que es el padre del mundo (Sb 10,1). Es verdad que es el padre de todos los hombres. Es verdad que él y todos sus descendientes tenemos la misión de gobernar la tierra. Pero no estamos acostumbrados a dirigirnos a nuestro primer padre con esta expresión.


De Caín se dice que por su culpa se inundó la tierra (Sb 10,4). Ciertamente de la descendencia de Caín vienen los pecados que acaban llenando la tierra, pero quizás es un pelín excesivo echarle a él la culpa de todo, hasta del diluvio. Un par de cosas más que nos pueden resultar sorprendentes. Dice el texto que la Sabiduría levantó de su caída a Adán (Sb 10,1). Sabemos que después de la caída de nuestros primeros padres el Señor anuncia que vendrá un salvador para los hombres: él te pisará la cabeza (Gn 3,15). Y nosotros sabemos que esa promesa se cumplirá en Jesucristo. Él nos rescata del pecado de Adán y de los nuestros.


Pero aquí aparece que la Sabiduría ha sacado a Adán de su caída. El autor hace caso a una tradición que dice que Adán se llegó a arrepentir de su pecado y el Señor le perdonó. Pero nosotros lo podemos leer sabiendo que Cristo es la verdadera Sabiduría, que Él sacó a Adán de los infiernos. El autor de nuestro libro ya nos lo había anunciado sin ser consciente de ello.


Y la última cosa, también sorprendente. Nos dice el texto, hablando de la Tierra inundada en tiempos de Noé, que la salvó la sabiduría, llevando al justo en un simple tablón (Sb 10,4). A muchos, al leer este texto, se nos viene a la cabeza inmediatamente la imagen de Cristo, clavado en la Cruz. Él, por medio de un madero, salva a todo el mundo que estaba sumergido en el pecado.


Este texto es casi más fácil aplicarlo a Jesús, que a Moisés. A mí me cuesta trabajo imaginarme el arca del diluvio como un simple tablón. Más de una vez te he dicho que este libro nos abre la puerta al Nuevo Testamento. Y cada vez que lo leo estoy más convencido de ello.

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