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¡Pero yo os digo…!

12 feb 2023
2 min de lectura

Actualizado: 13 may 2023

Glosa dominical Domingo VI del Tiempo Ordinario

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El Evangelio nos sitúa en el corazón del Sermón de la Montaña. Jesús utiliza en su enseñanza un género didáctico muy expresivo: la antítesis. Al “se dijo” contrapone él ahora, y con autoridad, el “yo os digo”. No como oposición sino como interiorización y perfeccionamiento de lo que ya estaba en la Ley. Nos confundimos si pensamos que ser cristiano es cumplir una serie de normas, estar en unas celebraciones, ser miembro o colaborador de no sé cuántas hermandades o asociaciones benéficas, y dedicar unos minutos al día a decirle a Dios -más bien quejarnos ante él- que la vida no nos da las satisfacciones que merecemos. Ser cristiano es mucho más que estar bautizado o decir oraciones. Se trata de vivir como “otro Cristo”, es decir, “tener los sentimientos, las actitudes de Cristo”. El criterio moral no es lo que hacen los otros -“habéis oído que se dijo…”- o lo que está o no penalizado por la ley vigente, sino lo que nos ha enseñado Jesucristo, ese “yo os digo…”, que nos invita a ir a la raíz de nuestras acciones.

​Se comenta a menudo por la calle “yo no robo, ni mato, ni hago mal a nadie”; pues yo -Luis- os digo -parafraseando a Jesús- que “todo el que mira con codicia los bienes de este mundo ya es ladrón en su corazón, y quien insulta o desprecia o niega el habla al compañero de trabajo ya lo ha asesinado en el corazón, y quien se desentiende del drama del hombre, de sus crisis, sus vacíos, su hambre o su soledad, será juzgado como responsable”. En un mundo light y de “rebajas” continuas, está claro que esto no se entiende. Como decía hace meses una joven actriz católica: “Me dicen que Jesucristo no está de moda. ¡Como si Jesucristo fuese un jersey o un vestido!”. ​

Esta perícopa del evangelio da la impresión de un Jesús rigorista, que no vive en este mundo, que pide el más difícil todavía… Dan ganas de preguntarle (como hizo Pedro): “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Sin embargo, no hay nada moralizante ni de exigencia en esta enseñanza. Al contrario: es la perspectiva del amor de Dios, que ofrece al hombre la posibilidad de no quedarse en la superficialidad de sus acciones, sino conocer las intenciones de su corazón; es una revisión crítica de nuestras acciones hasta llegar a lo más profundo de las intenciones que mueven nuestra vida. Se trata de una nueva y superior “sabiduría”. Ya Pablo, habiéndola experimentado, escribía a los cristianos de Corinto: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman”. ​

El Evangelio es siempre un mensaje de ir más allá de lo que da la naturaleza humana, pero no por exigencia o esfuerzo personal -que es imposible- sino como don del mismo Dios, como Gracia. Este ir más allá de las simples fuerzas humanas con la ayuda de la Gracia es lo que conduce a la verdadera libertad. Este dar más de sí de lo que podríamos imaginar se realiza sólo por obra del Espíritu Santo.

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