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Vocación y debilidad del hombre

(Sb 9,1-6)


Todo esto ha sido ya preparado en los capítulos anteriores. En su momento Salomón nos recordó que él era un hombre más. Había nacido como todos (cfr. Sb 7,1-6). Y de eso nos va a volver a hablar. Antes de ello nos habla de la Creación, de los primeros capítulos del Génesis. Ya te suena ¿verdad?


El hombre creado para gobernar todo el mundo. Por eso, aunque sea un rey el que hable, todo te lo puedes aplicar a ti. Ya te lo dije. Por ser humano estás llamado a regir las demás criaturas. Por ser cristiano a ordenar las cosas según Dios y llevarlas a su plenitud en Cristo.


Pero para eso es necesaria nuestra amiga, la Sabiduría. Así que en el centro de este párrafo encontramos una petición explícita de la Sabiduría. No es la más clara, la más importante. Ya te dije que esa la encontraremos en el versículo 10, justo en el centro de la oración. Pero aquí sí que se empieza a vislumbrar algo: dame la Sabiduría asistente de tu trono (Sb 9,4).


Lee, por favor, estos seis versículos. Ya sé que los has leído antes, junto con el resto de la oración, pero detente ahora en ellos. Vale la pena. ¡Es un texto tan rico!


Dios de los padres y Señor de la misericordia, 

 que con tus palabras hiciste todas las cosas, 

2y en tu sabiduría formaste al hombre, 

 para que dominase sobre las criaturas que tú has hecho, 

3y para regir el mundo con santidad y justicia, 

 y para administrar justicia con rectitud de corazón. 

4Dame la sabiduría asistente de tu trono 

 y no me excluyas del número de tus siervos, 

5porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva, 

 hombre débil y de pocos años, 

 demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes. 

6Pues, aunque uno sea perfecto 

 entre los hijos de los hombres, 

 sin la sabiduría, que procede de ti, 

 será estimado en nada. 


La palabra Sabiduría aparece al principio del párrafo, en medio, cuando la pide, y al final. Tres veces, marcando el texto y qué es lo más importante de él.


La primera parte, los primeros tres versículos, nos hablan de la Creación y dentro de ella del hombre, la más perfecta de las criaturas, con la misión de gobernar y dirigir. Es como si estuviéramos leyendo de nuevo los relatos de la creación de los dos primeros capítulos del Génesis.


En medio la petición de la que te acabo de hablar. Es una petición como suavizada. Dos expresiones paralelas, cada una de ellas explica la otra, como tantas veces hemos visto. Una en positivo y la segunda en negativo: y no me excluyas del número de tus siervos (Sb 9,4).


Y la tercera parte se detiene en la debilidad. Debilidad del muchacho Salomón, y debilidad de cada uno de los hombres, desbordados por la misión que el Señor nos encarga. Podemos ver una acumulación de términos que producen en el lector esta sensación de debilidad: siervo… sierva… débil… de pocos años… demasiado pequeño… nada (Sb 9,5-6).


La verdad es que, si lees estos dos versículos solos, sin leer los demás, es como para ponerse triste. Tener conciencia de la propia debilidad es el mejor acicate para pedir ayuda.


Y una última cosa y acabamos ya este párrafo. Vuelvo al principio. La oración comienza con la invocación: Dios de los padres (Sb 9,1). A nosotros nos puede costar trabajo entender esta expresión. Para un judío no tiene ninguna duda. Los padres son los patriarcas, los primeros, las primicias del pueblo elegido: Abrahán, Isaac y Jacob (v.gr. cfr. 1Cr 29,18).


Hasta ahora no nos ha hablado de la historia de Israel. Sólo hemos oído hablar de Salomón, y de un modo un tanto extraño, todo muy anónimo.


Dentro de poco nos vamos a meter en el recuerdo de la historia del pueblo elegido, en cuanto acabe este magnífico capítulo. Esta alusión es como un anticipo de lo que va a suceder dentro de poco en el libro. Lo dice, ahí lo deja, y dentro de poco nos acordaremos de que ya lo había avisado.


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