¿Y por qué no? Cuando el fútbol también habla de Dios
- Pedro Tudela Gómez

- hace 19 horas
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Actualizado: hace 1 hora
Parece que fue ayer cuando escuchábamos las palabras de Aymeric Laporte en la zona mixta antes de comenzar el Mundial de 2026. Un periodista le preguntó:
¿Pero España puede ganar el Mundial?
Y Laporte respondió con sencillez: ¿y por qué no?
La respuesta despertó en el corazón de los españoles la esperanza de que no hay nada imposible, de que por muy difícil que se plantee el partido, por muy difícil que parezca la historia o el nombre del rival hay que luchar unidos en el espíritu de aquellos que comparten una misma idea.
Quizá sin pretenderlo, esa frase encierra mucho más de lo que parecía.
Este Mundial ha sido una muestra clara de que la fe no es algo aislado de la vida cotidiana. Este año, más que nunca, ha estado presente en cada unos de los entrenamientos y en los partidos de La Absoluta.
Nos han demostrado que Dios no solo tiene cabida en la iglesia, sino que el deporte, así como la universidad o el trabajo pueden ser, como nos enseña el Evangelio, lugares de encuentro con el Dios vivo y verdadero.
La final fue un buen ejemplo de ello: España realizó 20 disparos en total, de los cuales 12 fueron entre los 3 palos, 4 a bocajarro, pero Emiliano “Dibu” Martínez parecía imbatible. La tensión se palpaba en las gradas mientras el cuero se resistía a entrar.
Sin embargo, por encima de todo pesaron el trabajo, la constancia, la templanza y los valores que Luis de la Fuente fue sembrando a sus seleccionados. Más allá de su capacidad como entrenador, ha mostrado con absoluto respeto y naturalidad que la fe forma parte de su vida. Sin imponerla a nadie, sin convertirla en un espectáculo, sino viviéndola con sencillez. Ha hablado de la importancia de confiar, de mantener la esperanza y de reconocer que hay cosas que están por encima del resultado de un partido. Que no se reza para ganar, sino que se reza parar poder dar lo mejor de cada uno, para aceptar la voluntad de Dios y para poder mirar al rival con humildad y respeto.
El gran legado histórico que deja Luis de la Fuente no es solo el título mundial. Ese triunfo es el resultado de la preparación mental, corporal y también espiritual. Sino una forma de construir. Desde el primer día insistió en que tenían una idea, un estilo y unos valores, y que no iban a abandonarlos, aunque los resultados tardasen en llegar. Fueron fieles a esa idea cuando llegaron las críticas, cuando aparecieron las dudas y cuando parecía más fácil cambiarlo todo por completo. Esa fidelidad, sostenida durante años, terminó dando su fruto.
Esto acredita lo que tantas veces repetía De la Fuente: “No somos solo un equipo; somos una familia”
Esta familia de la roja no solo se construye con talento. Se construye con esfuerzo, confianza, perdón, sacrificio y la certeza de que nadie es más que el compañero que tiene al lado. A diferencia de otras selecciones, España entendió que el escudo pesa más que el nombre que lleva a la espalda.
¿Acaso no es esta también la vocación de la Iglesia?
Los cristianos no somos un grupo de personas que buscan el protagonismo. Es una gran familia donde cada uno pones sus dones al servicio de los demás. «Así nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte miembros los unos de los otros» (Rm 12,5).
¡Todos somos necesarios!
Ese mismo testimonio lo hemos visto en Ferran Torres. Nos ha mostrado que la fe ocupa un lugar importante en su vida. Hablar de Dios en un deporte donde resulta más fácil seguir la corriente que mostrar las propias convicciones, nos recuerda que un cristiano no deja su fe en el vestuario, sino que disfruta, trabaja y vive con ella.
En un mundo donde tantas veces solo importa ganar, resulta alentador encontrar personas que recuerdan que la dignidad de una persona no depende de un resultado o de un objetivo. A diferencia del mundo, el cristiano pone de manifiesto el valor y la heroicidad de sus rivales. Si el mundo dice que nadie se acuerda del subcampeón o de los que no ganan, la respuesta del cristiano es admirar su esfuerzo y a agradecer que su entrega hace más valiosa nuestra propia victoria.
Lo expresó maravillosamente Teresa Perales en su encuentro con el papa León XIV en el Moviestar Arena:
«La humildad nos enseña a mirar al rival a los ojos con gratitud, reconociendo que su esfuerzo da valor a nuestras propias victorias.»
El gol que “el tiburón” Ferran Torres marcó en el minuto 106 proclamándonos campeones del mundo, tan solo fue la punta del iceberg. Tan solo fue el gol final que mostró el trabajo de años y que levantó a una nación entera de sus asientos para poder abrazarse y sentirse orgulloso de su nación.
Ahora comprendemos que la pregunta de Laporte no hablaba únicamente de fútbol. Es una invitación para todos nosotros a creer, a perseverar, a permanecer fieles al proyecto de Dios…
Porque la fe también comienza muchas veces con una pregunta.
¿Y por qué no?



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