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Hombre, sé lo que eres

¿Qué tengo que ser? O, mejor dicho, ¿qué soy?


Vivimos en una cultura que nos repite continuamente: “puedes ser lo que quieras”, donde la identidad se presenta como una elección personal, el cuerpo como algo moldeable y los deseos y sentimientos como criterio último de verdad, que supuestamente acreditan y respaldan la llamada “verdadera libertad” que consistiría en seguirlos sin límites.


Ante este interrogante solo nos caben dos posibilidades: seguir el pensamiento del mundo, o adentrarnos en la apertura del corazón para buscar una verdad más profunda sobre el ser humano, que no se inventa, sino que se descubre. ¡Vamos a ello!


La frase “Hombre, sé lo que eres”. No es una frase más de toda la colección de frases célebres que puedan existir en el pensamiento clásico. Hoy, más que nunca, esta frase, es necesario recordarla y tatuarla en nuestra conciencia para no ir en contra de lo que somos. Esta frase nos invita a descubrir el propósito de nuestra vida aquí en la tierra. El Catecismo nos lo muestra: “Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación”(CEC, 358).


Detente un momento. ¿Y si esta frase fuera cierta? ¿Y si tu vida no fuera un accidente o una casualidad, sino una vocación? ¿Y si tu corazón tuviera una sed que ninguna carrera, ningún éxito, ninguna relación ni ningún placer pudiera apagar? ¿Mi vida tiene una misión o solo una duración?...


Quizá, si nos atreviéramos a responder con sinceridad a estas preguntas, tendríamos que cambiar muchas cosas de nuestra vida. Y cambiar, a veces, da mucho miedo. Supone abrir la puerta a lo desconocido, reconocer heridas que quizá llevábamos demasiado tiempo ocultando o incluso descubrir otras cuya existencia ignorábamos.


Pero tal vez ese sea precisamente el comienzo de una vida nueva: replantearnos el rumbo de nuestra existencia. Preguntarnos cómo vivimos, cómo cuidamos nuestro corazón, nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro tiempo, nuestras amistades o nuestra forma de vivir el ocio. En definitiva, preguntarnos si la vida que llevamos nos acerca a aquello para lo que hemos sido creados. ¿En todo esto amo, sirvo a Dios y soy ejemplo para los demás?


Es posible que este camino implique renuncias. Quizá haya amistades que no comprendan el cambio, incluso familiares, ambientes que debamos abandonar o incluso personas que decidan alejarse. ¡Y quién dijo que seguir el camino de la verdad fuera fácil!! Sin embargo, nadie abandona un amor si no es porque ha encontrado otro más grande.


En consonancia con lo anterior, creo que hace justica a este artículo tener en cuenta la visión cristiana desarrollada por filósofos y teólogos como Santo Tomás de Aquino:

  • El ser humano tiene una naturaleza objetiva.

  • Por consiguiente, dicha naturaleza tiene una finalidad.

  • La libertad no es inventarse, sino vivir conforme a la verdad de nuestra creación.


Hemos pasado de una era sólida, que a pesar de los cambios sociales o de las dificultades del momento histórico al que se enfrentaban, tenían claro lo que eran y existía una identidad clara, a una era líquida en la que todo es cambiante, subjetivo y puramente emocional.


En una sociedad donde se dice “vamos fluyendo”, hablar de verdad sobre el ser humano es casi subversivo.


Llegado este punto, seguro que algún colectivo o alguna persona distraída en los cambios sociales —como un bróker en el mercado bursátil— me criticará, no por hablar de nuestra naturaleza común, sino por atacar a sus sentimientos encontrados ante estas palabras. Porque si existe una verdad sobre el hombre: no todo vale, existe una responsabilidad, hay bien y mal objetivos y no somos dioses creadores de nosotros mismos. Y eso exige madurez, autocontrol y búsqueda de sentido mediante respuestas más racionales que emocionales.


Nuestra dignidad ontológica es inquebrantable y por mucho que uno se empeñe en ir en contra de ella, no podemos destruirla. En este sentido, del mismo modo que nadie puede derogar la ley de la gravedad a golpe de decreto, tampoco puede eliminar la verdad de lo que es. Cuanto más tratamos de alejarnos de ella, más experimentamos sus consecuencias.


Con estas palabras no pretendo dirigirme al respetable dando a entender que el origen de todo sufrimiento humano tiene que ver con la cuestión ya planteada. Sin embargo, no podemos ignorar que nuestra sociedad vive una gran crisis, que, con el devenir del tiempo, se ha ido fraguando con las anteriores crisis sociales: de la famosa cuestión social, a la cuestión estatal hasta la actual crisis antropológica y existencial.


No es nada extraño que, según la Organización Mundial de la Salud, el suicidio sea la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años, precisamente en la etapa de la vida en la que se forja la personalidad, se consolidan las convicciones y se asientan los pilares sobre los que se construirá el futuro. Ante esta realidad, resulta inevitable recordar las palabras que escribió el salmista, hace más de 3000 años y que a día de hoy nos sigue interpelando: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127 [126], 1). En ese caso, si Dios no construye la casa, ¿Quién ocupa la posición de Dios en nuestra vida?


Como joven estudiante de universidad y pobre pensador con grandes inquietudes morales, creo que tanto, la juventud como la adolescencia, deben de ser periodos donde el hombre y la mujer busquen la razón de su existencia: el por qué me levanto todos los días, qué sentido tiene el sufrimiento, la muerte, la tendencia al mal… Un periodo magnifico para descubrir la vocación para la que ha nacido, buscar una fe además de encontrar buenos referentes o mentores que sepan guiar -sin idealizarlos- por el camino de la verdad y también lugares a los que retornar cuando el camino se pueda desdibujar por cualquier circunstancia de la vida, en definitiva, ser lo que se es.


Sin embargo, este tiempo tan maravilloso, se convierte, hoy en día, en un periodo de incertidumbre, donde se anima a los jóvenes a construirse desde cero. Se apoyan y se financian ideas nacidas de un corazón herido en busca de sentido, en lugar de acompañar, con paciencia y verdad a quién sufre, respetando los tiempos y la naturaleza propia de toda persona herida. ¡Que crueldad tan grande!


A pesar de todo esto, he de decir que hay esperanza. ¡No todo está perdido! He  de decir que, en mi corta experiencia de vida, cuando pensaba que Dios estaba más lejos de mí, era cuando más cerca se encontraba. Nunca me abandonó. Y ahora con el tiempo puedo ver con gran alegría y emoción lo que me ha ayudado en mi vida, todo lo que me ha enseñado en el sufrimiento y todas las oportunidades que me ha dado para poder amar a mis hermanos y, por muy difícil que parezca, a mis enemigos.


No sé lo que deparará el futuro, pero si tengo claro que la razón de mi existencia es Cristo. Él es mi aliento, mi canto, mi energía y mi fuerza cuando no puedo más; cuando me acechan sinsentidos, cuando quiero tirar la toalla y cuando no me soporto ni a mí mismo. Sé lo que es estar sin Cristo y sé lo que es estar con Él, y no lo cambio por nada de este mundo… Por eso, vaya donde vaya, ¡Ya no me puedo engañar!


Quizá el hombre moderno ha aprendido a cambiarlo todo, excepto aquello que más necesita: su propio corazón.


«Retornad, hijos de Adán» (Sal 90)

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