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Salmos en el camino cuaresmal I

“Es la confianza la que nos lleva al Amor y así nos libera del temor, es la confianza  la que nos ayuda a quitar la mirada de nosotros mismos, es la confianza la que nos permite  poner en las manos de Dios lo que sólo Él puede hacer. Esto nos deja un inmenso caudal  de amor y de energías disponibles para buscar el bien de los hermanos” (Papa Francisco,  Exhortación Apostólica c´est la confiance).


La Cuaresma es un camino que nos ayuda a reflexionar sobre el camino de nuestra vida. Y la Palabra de Dios que escuchamos cada domingo nos presenta la historia de la salvación como un itinerario de fe que nos ayuda a centrarnos en Cristo, muerto y resucitado por todos nosotros. El misterio espiritual del Éxodo está presente en todo el camino cuaresmal: salir de lo que nos esclaviza y aprender a caminar por nuestros desiertos interiores y los desiertos de este mundo, con la esperanza de llegar a entrar con  Jesucristo en la salvación eterna.


Los salmos en la liturgia son la respuesta que damos como pueblo a la primera lectura, y en cuaresma están tomadas del Antiguo Testamento, la antigua alianza, empezando por  el principio, el Génesis con Noé y Abrahán, siguiendo con el Éxodo, hasta llegar al anuncio de la nueva alianza en los profetas. Promesa y cumplimiento en Jesucristo es la  dinámica de la historia de la salvación, un camino que recorremos con una actitud espiritual de conversión para llegar a la renovación pascual de la resurrección.


Los salmos nos ayudan en este esfuerzo de conversión y renovación, pues ponen en nosotros palabras de confianza que nos ayudan a hablar con Dios. La confianza es el sentimiento más importante para poder rezar con los salmos: confianza en el gran Rey (Dios Padre) y su Mesías Cristo, Jesús, nuestro hermano mayor y Señor. Y esta confianza  es la expresión de nuestro amor. Por eso comenzamos la cuaresma el miércoles de ceniza  con el Salmo 50, que contiene la gran petición a Dios de todo el Antiguo Testamento, la  gran confianza en su misericordia: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme», y el último domingo de Cuaresma, el 5º, nos  volveremos encontrar con este gran salmo que tan bien expresa nuestra fragilidad y la  necesidad que tenemos de la misericordia divina.


Queremos que el Señor nos muestre sus caminos, y le pedimos caminar en su presencia sintiéndonos siervos suyos. Sabemos que el Señor tiene palabras de vida eterna  y que sus mandamientos no son una carga sino que alegran nuestro corazón porque son verdaderos y justos. Y no queremos olvidarnos nunca del Señor, pues esperamos estar con él en la eternidad en la Jerusalén del cielo. Por eso al final de este itinerario de oración  le pedimos al Señor lo mejor que podemos pedirle: un corazón puro como el suyo. Este  es el camino cuaresmal de oración que nos trazan los salmos dominicales de esta  cuaresma. Al final de este camino acompañaremos a Jesús el domingo de Ramos con el  salmo de la pasión, lleno de esperanza en la salvación de Dios. Y cantaremos la alegría  de la resurrección gritando con el corazón que su misericordia es eterna.


¿CÓMO REZAR CON UN SALMO?

  1. Serenar nuestro espíritu con una respiración pausada, tranquila, e invocando al Espíritu divino para que venga a nuestro espíritu siempre dispuesto a la oración.

  2. Adoptar una actitud de confianza.

  3. Identificarnos con el salmo conociendo los sentimientos que se expresan: confianza, súplica, dolor, esperanza, persecución, autenticidad, deseo de justicia, paz, fraternidad, agradecimiento, olvido de Dios, alegría, perdón, deseo de cantar  interiormente, petición de auxilio, amor que salva, anhelo de salvación.

  4. Dejar que el sentimiento cale en mí y quedarme en silencio repitiendo alguna frase  del salmo que me haya tocado especialmente, siendo capaz incluso de expresarlo  con mis propias palabras.



 

PRIMER DOMINGO


Salmo responsorial: Salmo 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9 (R.: cf 10)


R. Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad 

para los que guardan tu alianza.


Señor, enséñame tus caminos, 

instrúyeme en tus sendas: 

haz que camine con lealtad; 

enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.


Recuerda, Señor, que tu ternura 

y tu misericordia son eternas. 

Acuérdate de mí con misericordia, 

por tu bondad, Señor. R.


El Señor es bueno y es recto, 

y enseña el camino a los pecadores; 

hace caminar a los humildes con rectitud, 

enseña su camino a los humildes. R.


En este primer domingo nos encontramos en las lecturas con la alianza o pacto que Dios siempre nos ofrece, desde los primeros momentos de la humanidad hasta que vino  Jesús. Dios quiere siempre salvarnos, y con Jesús esta salvación ha llegado para siempre  porque él es como nosotros, igual en todo menos en el pecado, y nos unimos a Jesús a  través de nuestro bautismo. Progresar en el conocimiento del misterio de Cristo es  querer caminar por las sendas del Señor con una conducta digna. Estas sendas pasan por  el desierto de la renuncia, del silencio, y sobre todo de la oración, en donde aprendemos  a vencer nuestras tentaciones cotidianas. Es el desierto del abandono en Dios, pues no  solo de pan vivimos, sino de toda palabra que sale de su boca.


El salmo pone en nosotros el deseo de una conducta digna y de invocar su amor, su  misericordia. Queremos ser humildes caminando en la verdad de Dios, cumpliendo sus  mandamientos que se resumen en el amor que se expresa en el servicio.


Con una respiración pausada, sintiendo nuestro cuerpo y sintiéndonos necesitados de  su amor misericordioso podemos repetir algunas peticiones de este salmo, haciéndolas  nuestras: «Enséñame»… «tú eres mi Dios»… «Acuérdate de mí».

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