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Salmos en el camino cuaresmal V

QUINTO DOMINGO


Salmo responsorial: Salmo 50, 3-4, 12-13. 14-15. (R.: 12a)


R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro. 


Misericordia, Dios mío, por tu bondad, 

por tu inmensa compasión borra mi culpa; 

lava del todo mi delito, 

limpia mi pecado. R. 


Oh Dios, crea en mí un corazón puro, 

renuévame por dentro con espíritu firme; 

no me arrojes lejos de tu rostro, 

no me quites tu santo espíritu. R. 


Devuélveme la alegría de tu salvación 

afiánzame con espíritu generoso: 

enseñaré a los malvados tus caminos, 

los pecadores volverán a ti. R. 


Pedirle al Señor un corazón puro es lo máximo que podemos pedirle pues es pedirle  un corazón como el suyo. Y esto solo es posible a través de la gracia, por eso lo que  pide el salmista es una nueva creación, una renovación interior a través de un espíritu  firme y generoso. 


Invocar la misericordia divina y la compasión reconociendo nuestro pecado y nuestra limitación es el primer paso. Todos necesitamos pasar por un examen de nuestra conciencia, en detalle y bajo la mirada de Dios, el único que de verdad puede purificarnos y devolvernos la paz del perdón. 


Con el perdón comprendemos la alianza nueva de Jesús, como una ley escrita no en piedra, sino en nuestros corazones. Contemplamos con un corazón puro el mismo amor  que movió a Jesús a entregarse hasta la muerte, siendo dueño de su propio destino y en  comunión de vida con Dios Padre. A Jesús no le quitan la vida, sino que la entrega para nuestra salvación. Su vida es como el grano de trigo que muere para dar fruto.


Pronunciando el nombre de Jesús pausadamente, pídele un corazón puro como el suyo, generoso y entregado.


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