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La muerte: principio o fin


¡Cuánto nos cuesta hablar de la muerte! ¿Por qué?


Vivimos en una sociedad donde parece que todo tiene que ser felicidad, risas, bienestar, centrado en el yo-mi-me-conmigo… Y todos sabemos, por experiencia propia, en menor o mayor grado, que “la vida” es mucho más que eso. Sí, efectivamente, hay momentos felices pero también hay momentos difíciles, de prueba, de incertidumbre, de tristeza, soledad, de toma de decisiones…

Si hay algo que podemos afirmar sin equivocarnos, es que estamos aquí de paso y que todos vamos a morir. No sabemos cuándo, dónde ni de qué manera. Los que tenemos la suerte de creer en Dios, la esperanza nos mueve a confiar en que la vida terrenal se acaba ese día, para dar comienzo a la vida eterna, donde de verdad reinará la alegría y la paz.


Desde la libertad que todo hombre tenemos, podemos vivir y morir desde varias actitudes. Es una decisión que solo tú debes tomar.


Soy médico intensivista y no siempre he tenido a Dios en el centro de mi vida. Durante mis años de carrera universitaria, a veces iba a misa, más por cumplimiento como mujer educada en colegios católicos, que por un sentimiento de verdadero encuentro con el Señor. Ingenua de mi, pensaba que no lo necesitaba. Tenía todo lo que necesitaba: una familia, estudiando la carrera que deseaba desde bien pequeña, amigos, ocio. Los problemas y la muerte no estaban en mi lista. Ni siquiera como estudiante de Medicina me enfrenté a la muerte. Todo estaba enfocado a curar y salvar vidas. Al terminar la carrera y aprobar el MIR, llega el gran momento de mi vida: decidir qué especialidad quiero ejercer. ¿Por qué opté por Medicina Intensiva? Porque quería salvar vidas de aquellos que podían morir, pensando que todos se salvarían gracias a la ciencia y los avances tecnológicos. Pero como os podéis imaginar, no es así. Aproximadamente entre el 10-15% de los que ingresan en la Unidad de Cuidados Intensivos fallecen, a pesar de nuestros conocimientos, avances y a veces, empeño, rozando la obstinación terapéutica. Y cuando ese paciente tiene la edad de tus padres, el tuyo propio, o ahora que soy madre, la edad de tus hijos, te planteas la muerte como algo más cercano, siendo consciente que en cualquier momento, la muerte llamará a mi puerta, de algún familiar o de un amigo, como así ha sido, y de una forma traumática.


Desde mi encuentro con el Padre Misericordioso, paciente esperando que su hija predilecta se diera cuenta que Él me creó, me acompaña en mi vida día a día, que tengo una misión en ella, para volver a Sus brazos un día, la vida y la muerte desde esta creencia, es más fácil y llevadera (“Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” Mt 11, 28-30).


No quiero decir con esto que no sufro, o que no se me parte el corazón, incluso que me “enfade” con Dios preguntándole por qué tanto dolor y sufrimiento. La respuesta es tan sencilla y tan complicada, como mirarle en la Cruz. Siendo Rey de Reyes, se despojó de su condición divina para hacerse hombre, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre, creció y experimentó en su propia carne todos las debilidades humanas excepto el pecado, culminando en la obediencia a Su Padre en la muerte de Cruz para nuestra salvación, el perdón de nuestros pecados y la vida eterna.


Hay una canción de Hakuna que podría plasmar con palabras qué actitud tengo yo ante la vida y la muerte, y dice así: “Creo Señor sencillamente, amo, espero. Cómo me gusta seguirte sintiendo dudas, estando frío, sintiendo miedo. Te sigo sencillamente”.



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