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Caminar juntos: una nueva etapa en el Camino de Santiago

Un año más, desde Pastoral Universitaria nos hemos puesto en camino. Pero este año lo hemos hecho de una manera diferente. No hemos llegado hasta Santiago de Compostela; hemos comenzado a recorrer un camino que continuará en los próximos años. El pasado domingo 23 de agosto, alrededor de treinta peregrinos partimos desde Murcia en cuatro furgonetas rumbo a Irún, con la ilusión de comenzar una nueva etapa del Camino de Santiago y, sobre todo, de vivir unos días de convivencia, fe, servicio y fraternidad.


Además de los estudiantes que participaron, tuvimos la suerte de contar con profesores de la Universidad, médicos, una enfermera y otras personas que quisieron acompañarnos y poner sus conocimientos, tiempo y disponibilidad al servicio de la experiencia. Esto hizo que el Camino tuviera también un carácter intergeneracional y universitario muy especial.


A lo largo de cinco jornadas recorrimos alrededor de 130 kilómetros, desde Irún hasta Gernika, atravesando algunos de los paisajes más impresionantes del Camino del Norte. Una ruta exigente, en la que el desnivel fue aumentando progresivamente y en la que, con el paso de los días, comenzaron a hacerse notar las agujetas, las ampollas y el cansancio acumulado.


Pero precisamente ahí comenzó una de las experiencias más bonitas del camino: Aprender a caminar al ritmo del hermano.


Cada jornada comenzaba temprano. A las seis y media de la mañana tocaba levantarse; a las siete, comenzábamos el día rezando Laudes y poniendo ante el Señor las necesidades del mundo, las familias de cada uno de nosotros… Después del desayuno, alrededor de las ocho, comenzábamos a caminar.


Durante las horas de marcha tuvimos la oportunidad de disfrutar los maravillosos paisajes del País Vasco. Caminos que parecían sacados de un cuadro, montes, costa, pueblos, animales que nos encontrábamos a nuestro paso… El cansancio no impidió que pudiéramos detenernos muchas veces a contemplar la belleza de la creación, hacernos fotos y agradecer el regalo de estar allí.


También descubrimos que el Camino no es una carrera. Cada persona tiene su propio ritmo, sus capacidades y sus límites. Y precisamente ahí comenzó una de las experiencias más bonitas de estos días: aprender a caminar al ritmo del hermano. ¡Esta fue la catequesis que Dios nos enseñó mientras caminábamos!


Con el paso de los días fueron apareciendo las agujetas, el cansancio, las ampollas y las dificultades propias de recorrer tantos kilómetros. Inevitablemente, se formaban grupos que llegaban a la meta en momentos diferentes. Pero aquellos que tenían más fuerzas procuraban llegar antes para preparar las cosas y recibir a los que venían detrás; otros decidían quedarse acompañando a quien encontraba más dificultades; y, cuando alguien ya no podía continuar, las furgonetas estaban disponibles para recogerlo. También era habitual que alguien que no había tenido tiempo de prepararse el desayuno o los bocadillos encontrara rápidamente a un compañero dispuesto a ayudar.

Así, cada uno fue poniendo sus dones al servicio de los demás: quien tenía fuerza, su fuerza; quien sabía organizar, su capacidad; quien conducía, su tiempo y su paciencia; quien sabía tocar un instrumento, su música; quien podía ayudar a preparar la Eucaristía, sus manos. Cada uno aportaba lo mejor que tenía y sabía hacer.


Una parte fundamental de todo ello fue el trabajo de los cuatro conductores, que hicieron posible que la logística del Camino funcionara día tras día. Las furgonetas no fueron únicamente nuestro medio de transporte: fueron también lugar de descanso, apoyo y servicio. En una de ellas viajaba además nuestra particular «sacristía portátil», con todo lo necesario para poder celebrar la Eucaristía allí donde termináramos cada jornada.


Porque la Eucaristía fue siempre el centro del día. El sacerdote Daniel Aparicio Martínez nos acompañó durante todo el Camino, estando disponible para atender cualquier dificultad y acompañarnos tanto pastoral como espiritualmente. Cada jornada terminaba alrededor del altar, dando gracias a Dios por lo vivido y poniendo en sus manos el día siguiente.


También hubo tiempo para profundizar en nuestra fe. Durante las catequesis de cada noche reflexionamos sobre las virtudes cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza—, acompañando la reflexión con el testimonio personal de los propios catequistas. De este modo, aquello que aprendíamos no quedaba únicamente en conceptos, sino que podía descubrirse en las propias experiencias que estábamos viviendo como peregrinos.


Y es que el Camino nos permitió conocernos de una manera diferente. Nos vimos cansados, despeinados, con ampollas, con hambre, con sueño y, seguramente, con menos glamour que de costumbre. Pero precisamente al desaparecer muchas de las apariencias, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con el otro tal y como es.


También hubo risas, conversaciones interminables y momentos de descanso compartidos. Aunque cada noche tocaba acostarse pensando en los kilómetros del día siguiente, los más jóvenes aprovechábamos algunos momentos para dar una vuelta por los pueblos por los que pasábamos, hablar, compartir experiencias y disfrutar juntos. Una de las noches, además, una de las peregrinas y catequistas tuvo el precioso detalle de invitarnos a todos a cenar pizza. Después de varios días caminando sin parar, aquel gesto fue especialmente agradecido y se convirtió en otro de esos pequeños recuerdos que hacen familia.


Porque también hubo pequeños roces. El cansancio, el hambre y las muchas horas de convivencia hacen que aparezcan nuestras limitaciones. Pero incluso ahí descubrimos una oportunidad: la de aprender a tener paciencia, reconocer nuestros límites, amar al hermano, dejarnos ayudar y escuchar con humildad. ¡Eso es una familia!


Una familia no es aquella en la que todos caminan siempre al mismo ritmo, sino aquella en la que nadie queda atrás. Una familia es aquella en la que cada uno pone sus dones al servicio de los demás y en la que la alegría de uno termina siendo alegría de todos. Una familia es aquella que sabe que la meta no consiste en llegar primero, sino en llegar juntos.



En este camino tampoco estuvimos solos en lo material. La colaboración de HEIO, marca de Murcia, que nos proporcionó productos de fruta, barritas, mermeladas y otros alimentos, fue de gran ayuda para afrontar las largas jornadas de peregrinación y recuperar fuerzas durante el camino.


El viernes 28 llegamos finalmente a Gernika. Allí culminaba esta primera etapa de un Camino que todavía tiene mucho recorrido por delante. Porque este año no buscábamos llegar a Santiago, sino comenzar a caminar hacia él. Gernika se convirtió así no tanto en una meta como en una nueva partida: el punto en el que termina una etapa y comienza a soñarse la siguiente.


A la mañana siguiente, sábado 29, después de rezar juntos Laudes, emprendimos el regreso hacia Murcia. El Camino físico había terminado, pero todavía quedaban unas cuantas horas de carretera y convivencia por delante. En el camino de vuelta hicimos una parada muy especial en La Roda, donde la madre de una de nuestras peregrinas nos invitó a todos a unos tradicionales miguelitos en la ermita de San Isidro. Allí pudimos disfrutar juntos de un último momento de encuentro y acogida antes de continuar nuestro viaje.


Finalmente, por la tarde llegamos a Murcia. Y quisimos terminar como habíamos empezado: juntos, en oración y con una fotografía de grupo que recogiera el recuerdo de estos días.


Entre aquella primera foto tomada antes de salir y la última, ya de regreso, quedaron muchos kilómetros, paisajes, risas, cansancio, ampollas, conversaciones, catequesis, Eucaristías, servicio y fraternidad.


Quedó, sobre todo, la certeza de que el Camino no consiste únicamente en avanzar hacia una meta. Consiste en aprender a caminar juntos, disfrutando del proceso, descubriendo el gran don que es la  persona que llevamos al lado  y poniendo lo que somos y tenemos al servicio del hermano.


Este año hemos llegado hasta Gernika. El Camino hacia Santiago continuará. Y esperamos poder seguir recorriéndolo juntos, paso a paso, con Cristo en el centro y con la certeza de que, cuando caminamos unidos, cada etapa merece la pena.




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