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La batalla

En el día final, el día de la “visita”, de la que ya ha hablado varias veces el autor (cfr. Sb 3,7.13; 4,15), el Señor se dispone a poner cada cosa en su sitio. Estamos en época de guerra. Los justos han sido coronados como reyes, y el Señor, él en persona, se pone al frente del ejército para defender sus derechos frente a aquellos usurpadores que quieren quitarle el trono. Y usa todas sus armas.


Una bella descripción de un general que arma su ejército para ir a la batalla. Léelo. Disfrútalo.

 

17Tomará la armadura de su celo

 y armará a la creación para vengarse de sus enemigos. 

18Vestirá la coraza de la justicia,

 se pondrá como yelmo un juicio sincero; 

19tomará por escudo su santidad invencible, 

20afilará como espada su ira inexorable

 y el universo peleará a su lado contra los necios. 

21Certeras parten ráfagas de rayos;

 desde las nubes como arco bien tenso,

 vuelan hacia el blanco. 

22Una catapulta lanzará un furioso pedrisco;

 las aguas del mar se embravecerán contra ellos,

 los ríos los anegarán sin piedad. 

23Se levantará contra ellos un viento impetuoso

 que los aventará como huracán.

 Así la iniquidad asolará toda la tierra

 y la maldad derrocará los tronos de los poderosos.

 

Estamos en guerra. Es un momento de un cambio de régimen. Como cuando muere un rey y tiene que subir al trono un sucesor suyo, y hay disputas entre posibles herederos.

O mejor todavía, cuando un usurpador se ha sentado en el trono y se arma todo un ejército para derribarlo y situar en el poder al heredero legítimo.


Hay que hacer violencia para que el justo ocupe el poder que le corresponde por herencia. Para que pueda ceñir su diadema real hay que derribar de sus tronos a los falsos poderosos que se han sentado en ellos.


Dios mismo es el que va a llevar a cabo la lucha. Sus armas son sus mismos atributos: el celo, la justicia, el juicio, la santidad, la ira. Y no sólo eso, va a convocar a toda la creación, y va a hacer de ella un ejército fuertemente armado para ir con Él a la batalla: el rayo, el granizo, el mar y los ríos. Ya dijimos en su momento que este libro nuestro tiene un concepto positivo de la creación material. Todo está bien hecho, todo ha salido de las manos de Dios y está a su servicio para el bien.


Déjame que te diga sólo dos cosas más, ahora sobre el último de los versículos que acabas de leer.


Lo que a veces se traduce como viento impetuoso (Sb 5,23) también se puede entender como Espíritu de poder. Esta misma expresión aparece en nuestro libro más adelante, en un pasaje que veremos con detenimiento (cfr. Sb 11,20). Y ese modo de hablar, en la tradición cristiana, lo encontraremos para referirse al Espíritu Santo (cfr. 2Tm 1,7).


Y otro detalle más, y con esto acabo. El final del versículo se suele traducir, más o menos, como derribará los tronos de los poderosos (Sb 5,23). Así traducido nos recuerda, lógicamente, las palabras del cántico de María, que solemos llamar el Magníficat (cfr. Lc 1,52).


Pero el texto del libro de la Sabiduría puede querer decir algo más. No se trata tanto de derribar o destruir, sino que también puede hacer referencia el texto a girar, dar la vuelta, devolver.


Recuerda el contexto en el que estamos. Un usurpador sentado en un trono que no le pertenece. Un ejército poderosísimo en orden de batalla para deponerlo y sentar en él al heredero legítimo. Devolver a su verdadero propietario lo que le habían arrebatado temporalmente. Y con esto desaparecen los impíos. Y los justos ocupan su propio lugar, el trono real.

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