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La inmortalidad

En la mayoría de los libros del Antiguo Testamento no se habla de la vida después de la muerte. Se tiene asumido que cuando uno muere se acaba todo. Lo único que le queda son los descendientes que deje en este mundo cuando se vaya. Sólo pervivirá su nombre cuando alguien hable de su hijo: “Jesús el hijo de José” (Jn 1,45) decían de Cristo.


Por eso es tan importante la descendencia, es el modo de seguir estando vivo después de la muerte, es lo más parecido a la vida eterna. Por eso es tan grave el pecado del adulterio. Es el pecado más grave, porque le quita al esposo la posibilidad de seguir vivo después de su muerte. El adulterio es matar a un hombre para siempre. Y eso es grave. Por eso el sufrimiento de las mujeres que no pueden tener hijos.


Pero en algunos libros escritos en épocas ya cercanas a Cristo, y, en concreto, en éste que nos ocupa, empezamos a ver que existe una vida después de la muerte. Entonces el Señor hará verdadera justicia, que en este mundo no siempre se llega a cumplir. Por eso una mujer estéril, o un muchacho que muere cuando todavía no ha tenido descendencia, pueden ser felices. Existe la vida eterna. Y en este libro se nos anuncia con claridad.


Hay un momento en este libro, al final, en el que se nos habla de algo portentoso, de un manjar de inmortalidad. Y esto nos va sonando ya bastante.

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