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La inseguridad

Domingo XII del Tiempo Ordinario – Ciclo B


Puede que la inseguridad sea una de las palabras que mejor definan hoy nuestra realidad y nuestras sensaciones. Inseguridad laboral -por la precariedad y temporalidad del trabajo-, inseguridad económica -que para muchos se torna drama de subsistencia-, inseguridad física -por la acción terrorista, las agresiones, o la violencia que nos invade, inseguridad política ante el panorama y el espectáculo diario, inseguridad del estudiante porque no vislumbra un futuro de bienestar tras finalizar su carrera… Y, en definitiva, inseguridad personal y moral, porque ya no estamos seguros de nada, ni nos fiamos de nadie, todo como consecuencia de un relativismo que niega la verdad del hombre y lo reduce a pura afectividad y emoción. Como resultado de la inseguridad sobreviene la duda, la falta de decisión, la inacción, el temor... la desconfianza.


También en la tarea evangelizadora -en nuestro ser y vivir como Iglesia- nos ocurre lo mismo, porque las piedras vivas que la conforman (nosotros) están agrietadas, golpeadas, erosionadas por este virus de la inseguridad y la desconfianza. Así, cualquier pequeño viento contrario parece una tormenta de consecuencias extremas.


¡Qué bella catequesis nos ofrece hoy la liturgia dominical para estos tiempos de tempestades, de mares encrespados y de misiones que nos superan! Job se vio inmerso en la dura prueba de la fe, y Dios le habló desde la tormenta, acallando sus dudas y mostrándose como Señor del universo. Pablo -que nunca se desalentó- nos dirá, desde su propia experiencia: “presumo de mis debilidades, porque en ellas se manifiesta la fuerza de Dios”. Y los apóstoles, zozobrando en el mar de Galilea, temen por sus vidas ante el silencio inexplicable del Maestro… que parece dormir.


El temor, la duda y la desconfianza son viva consecuencia de la falta de Fe, porque Él, Jesucristo, el Señor, no duerme, ni permanece indiferente ante el sufrimiento humano; está presente, resucitado, y es Él quien sigue llevando la barca. Es preciso entender que necesitamos el sufrimiento, porque la fe, y la misión, deben ser probadas, como el oro en el crisol. Era necesario entonces, y lo es ahora, que cada vez que el miedo amenace la vida, o la aventura evangelizadora, hagamos presente el poder de Jesucristo Resucitado. Es la llamada, en medio de cada tormenta, personal o pastoral, a “entrar en el misterio de Dios” y abandonarnos en sus manos. Nos volverá a repetir: “¡No tengáis miedo, yo he vencido al mundo!”


¡Qué bien lo explica San Pablo hoy! El apóstol de los gentiles nos exhorta a no dejarnos atrapar por criterios humanos, y nos insta a buscar y a vivir la experiencia renovadora del encuentro con Jesucristo, porque: “el que es de Cristo es una criatura nueva; lo antiguo ha pasado, lo nuevo ya ha comenzado”.


¡Cómo temer si Dios está con nosotros! ¡Cómo dudar si el amor de Dios nos ha hecho nuevos y nos impulsa a una tarea que es la suya! 


Donde hay Fe no se vive la inseguridad sino la Esperanza.

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