Reyes del mundo
- César Nebot

- hace 8 minutos
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Todo comenzó como empiezan las cosas verdaderamente importantes. Un domingo.
Durante la semana preparamos la cita. Cada cual eligió el lugar, convocó a los amigos y discutió dónde se sentaría cada uno con una seriedad que rara vez concedemos a los asuntos de Estado. Nos pintamos con nuestros colores y nos revestimos con la camiseta de España. Muchos colgaron banderas y acabaron convirtiendo el salón en una pequeña capilla con pantalla de setenta pulgadas y altar de aperitivos.
Llegada la hora, personas que llevaban meses sin verse se reunieron para contemplar juntas un acontecimiento que podían haber visto solas. Pero nadie quiere asistir en soledad a aquello que espera que le cambie la vida, aunque al día siguiente tenga que levantarse para trabajar como todos los lunes.
Antes del partido, rememoramos encuentros pasados, jugadas y jugadores. Volvimos a narrar el gol de Iniesta aunque todos lo hubiéramos visto cien veces. Cada cual explicó dónde estaba aquel 11 de julio de 2010. No hacemos memoria porque hayamos olvidado. La hacemos porque así lo sucedido se actualiza y vuelve a hacerse presente.
Y cuando llegó el gol de Ferrán Torres, durante un instante dejamos de ser personas prudentes y celosas de su espacio personal. Nos besamos y nos abrazamos hasta con el cuñado. Perdonamos al vecino. Algunos intercambiaron la paz con desconocidos a los que diez minutos antes habrían negado hasta el cargador del móvil. Ferrán marcó en un campo lejano y millones sentimos muy cerca que algo suyo también nos pertenecía.
Luego vino la espera. Mirábamos el reloj como si de él dependiera la eternidad. El árbitro añadió unos minutos y media España descubrió que el purgatorio existe. Al fin sonó el silbato. Gritamos, lloramos y una multitud dispersa se convirtió en un solo cuerpo. Pero aún faltaba el gesto culminante.
La copa apareció. Hubo un silencio extraño, casi reverencial. Todos sabíamos lo que iba a suceder y aun así aguardamos con emoción. Cuando Rodri la levantó estallaron los cánticos y los gritos de júbilo. Una copa de metal se había convertido en signo visible de una realidad invisible. Todos participábamos de un mismo sentir. Éramos campeones.
Después, tras aterrizar en Madrid, llegó la procesión. Los jugadores recorrieron la ciudad en un autobús descubierto mientras una multitud salía a su encuentro. En el vehículo se leía «Reyes del Mundo». La gente los aclamaba, cantaba sus nombres y levantaba a los niños para que pudieran verlos. Nadie consideraba supersticioso agitar una bandera. Nadie exigía un estudio científico que demostrase la eficacia del «yo soy español». La razón, por una vez, aceptaba que la alegría también tiene sus razones.
¿Acaso no es todo esto una liturgia?
El hombre moderno puede abandonar la Iglesia, pero le cuesta mucho dejar de ser religioso. Puede burlarse de los ritos y pasar una semana preparando el suyo. Puede considerar extravagante la procesión del Corpus Christi con el Santísimo y emocionarse ante un autobús con futbolistas. Puede decir que arrodillarse es medieval y quedarse de rodillas mientras suplica el pitido final o contempla una tanda de penaltis. Puede incomodarle el incienso y respirar encantado el humo de una bengala. Puede llamar alienación a un canto gregoriano y comunión popular a miles de personas entonando el mismo himno con bastante menos afinación.
La celebración del Mundial nos recuerda que el ser humano necesita reunirse, escuchar una historia, repetir una memoria, aclamar, agradecer, abrazar y caminar junto a otros. Necesita signos visibles para expresar lo que no cabe en una definición. Necesita formar parte de algo mayor que él.
Por eso la liturgia católica no es una colección de gestos artificiales inventados por clérigos con afición al vestuario. Responde a la estructura más profunda del corazón humano. En la Eucaristía nos reunimos cada domingo. Escuchamos una Palabra conocida que necesitamos volver a oír. Hacemos memoria de una victoria. Nos damos la paz, esperamos y aclamamos a un Rey. En la adoración guardamos silencio ante una presencia real que nuestros ojos apenas alcanzan a reconocer. También salimos en procesión para anunciar que su triunfo nos pertenece.
Resulta difícil no entrever en los ritos de un Mundial una secularización de la liturgia eucarística. La diferencia, sin embargo, es enorme. En el estadio celebramos una victoria que durará hasta el próximo campeonato. En la Eucaristía celebramos una victoria definitiva. Allí se levanta una copa porque hemos vencido a otro equipo. Aquí se eleva un cáliz porque Cristo ha vencido a la muerte.
Los futbolistas regresan coronados de gloria. Los elevamos a los altares deportivos y recordamos sus gestas con devoción. De 2010 recordamos a san Iniesta y a san Iker Casillas, entre otros. A los campeones de hoy también los aclamamos como reyes del mundo. La Iglesia, por su parte, recuerda a los santos que nos han precedido y proclama que, bajo la apariencia humilde del pan, Cristo es el verdadero Rey del mundo.
Tal vez el problema no sea que la Misa tenga demasiados ritos. Tal vez hemos olvidado qué victoria celebra. Si España ganara el Mundial todos los domingos, acabaríamos bostezando ante la copa. Diríamos que siempre es lo mismo y que ya conocemos el resultado. Algo parecido puede sucedernos en la Eucaristía. La costumbre consigue el prodigio de volver ordinario lo extraordinario.
Ojalá la alegría de estos días nos cure la mirada. Ojalá el próximo domingo comprendamos que no acudimos al funeral de una costumbre antigua, sino a la fiesta de una victoria. Ojalá, cuando se eleve la Hostia, guardemos el mismo silencio expectante con el que vimos alzarse la copa y después estalle dentro de nosotros una alegría mayor.
España ha ganado dos Mundiales. Cristo venció la muerte una vez para siempre. Y cada domingo celebramos la única victoria que jamás habrá que volver a disputar. La de Cristo, que también es nuestra.





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