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La oración de Salomón

(Sb 9,1-18)

 

En la literatura clásica un elogio se limita a hablar bien del objeto en cuestión. Se trata de ensalzar sus bondades. Pero en este caso eso no basta. El elogio de la Sabiduría lleva consigo el deseo de poseerla. Y esto sólo se puede conseguir con un medio: la oración.


Sólo si la pides la puedes obtener. Así que, aunque el centro siempre es lo más importante, ya me lo has oído muchísimas veces. En este caso este mismo centro, que es el encomio de la Sabiduría, desemboca necesariamente en la oración para pedirla, y esto por su propia naturaleza.


Todo lo que has leído hasta ahora trataba de despertar en ti el deseo de Sabiduría. Por su naturaleza esto te tiene que llevar a pedirla al Señor. ¿Y cómo lo hago? Me puedes preguntar. Pues de nuevo, nuestro autor, buen maestro, prefiere explicarte las cosas poniéndote un ejemplo concreto para que puedas aprender. Se enseña mejor con el ejemplo que con los razonamientos, así funcionamos.


Y el personaje en concreto ya lo conocemos: el rey Salomón. Estamos hablando de él desde el comienzo del capítulo siete. Y la ocasión concreta también. En su momento te conté lo de la oración en Gabaón, siendo Salomón todavía un muchacho acudió al Señor a pedirle la Sabiduría. Pues tomando ocasión de este acontecimiento histórico el autor recrea esa oración del rey sabio, y nos la presenta como modelo para cualquiera de nosotros.


Es un texto bellísimo. Muy elaborado. Cada expresión está colocada de modo preciso.

La liturgia lo usa con frecuencia, es muy posible que lo hayas oído más de una vez.

Es como un desbordarse de la tensión que hemos estado viviendo desde que comenzamos a leer este libro. Un derramarse tranquilo de los sentimientos y los deseos.


Como no tiene nombres propios, ya lo sabes, es posible que te la apliques tú mismo. Tú eres el que al leer este texto te diriges a Dios y le pides su regalo. Aunque luego la vamos a leer por partes, creo que merece la pena que ahora leas entera, de un tirón, esta oración tan especial.

 

Dios de los padres y Señor de la misericordia,

 que con tus palabras hiciste todas las cosas, 

2y en tu sabiduría formaste al hombre,

 para que dominase sobre las criaturas que tú has hecho, 

3y para regir el mundo con santidad y justicia,

 y para administrar justicia con rectitud de corazón. 

4Dame la sabiduría asistente de tu trono

 y no me excluyas del número de tus siervos, 

5porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

 hombre débil y de pocos años,

 demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes. 

6Pues, aunque uno sea perfecto

 entre los hijos de los hombres,

 sin la sabiduría, que procede de ti,

 será estimado en nada. 

7Tú me elegiste como rey de tu pueblo

 y como juez de tus hijos e hijas. 

8Me mandaste construir un templo en tu monte santo

 y un altar en la ciudad de tu morada,

 a imitación de la tienda santa que preparaste desde el principio. 

9Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,

 que te asistió cuando hacías el mundo,

 y que sabe lo que es grato a tus ojos

 y lo que es recto según tus preceptos. 

10Mándala de tus santos cielos,

 y de tu trono de gloria envíala,

 para que me asista en mis trabajos

 y venga yo a saber lo que te es grato. 

11Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

 y me guiará prudentemente en mis obras,

 y me guardará en su esplendor. 

12Así aceptarás mis obras,

 juzgaré a tu pueblo con justicia

 y seré digno del trono de mi padre. 

13Pues, ¿qué hombre conocerá el designio de Dios?,

 o ¿quién se imaginará lo que el Señor quiere? 

14Los pensamientos de los mortales son frágiles

 e inseguros nuestros razonamientos, 

15porque el cuerpo mortal oprime el alma

 y esta tienda terrena abruma la mente pensativa. 

16Si apenas vislumbramos lo que hay sobre la tierra

 y con fatiga descubrimos lo que está a nuestro alcance,

 ¿quién rastreará lo que está en el cielo?, 

17¿quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría

 y le envías tu santo espíritu desde lo alto? 

18Así se enderezaron las sendas de los terrestres,

 los hombres aprendieron lo que te agrada

 y se salvaron por la sabiduría.

 

Lo más importante está en el centro. Yo creo que vas a llegar a aborrecerme por repetirte esto tantas veces. Una estructura concéntrica. El texto se divide en tres partes para que te fijes en el del medio. Y el primero y el tercero se corresponden entre sí. Lo de siempre.


Pero ahora más elaborado todavía. Estamos ante la joya de la corona dentro del libro de la Sabiduría. El texto más cuidado de todo el libro. Así que cada una de las tres partes, a su vez, también tiene estructura concéntrica y lo más importante estará en el centro.


No te vuelvas loco. Tampoco pienses que yo he enloquecido. Déjame que te lo explique un poco, trataré de no marearte con demasiados detalles. El centro del centro es cuando explícitamente el rey pide la Sabiduría al Señor: Mándala de tus santos cielos, y de tu trono de gloria envíala (Sb 9,10). Dos afirmaciones que se corresponden miembro a miembro y que se explican entre sí. Esto también es normal en este libro, y en toda la literatura sapiencial.


Pues bien, a este centro del centro se corresponden las afirmaciones que, a su vez, ocupan el centro de las otras dos partes, la primera y la tercera. Ya lo veremos en un momento. De todos modos, lo importante no es que aprendas estructuras ni juegos de palabras, todo eso son instrumentos. Lo importante es que este texto te enseñe a rezar para pedir al Señor algo tan necesario. No te calientes demasiado la cabeza.

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