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Los cristianos en la universidad: sal, luz y fermento

Todos los cristianos, en tanto que miembros de la Iglesia, estamos llamados –como ella- a ser sal, luz y fermento (cf. Mt 5,13-16 y Lumen gentium 31).


Pero, ¿qué puede hacer un cristiano en medio de la vida universitaria para ser sal, luz y fermento?


Desde luego, tiene que tratarse de algo fácil, muy fácil. No podemos pensar que Dios, Padre y Creador que tanto ha hecho por nosotros, que nos ha entregado a su propio Hijo, vaya a encomendarnos una misión inalcanzable: No, no puede ser difícil el encargo que hemos recibido.


Sabemos que Él todo lo sabe y todo lo puede. Y ese “todo lo sabe” incluye que conoce nuestra debilidad (a algunos puede exigírsenos poco). Y el “todo lo puede” está en consonancia con que es Él quien “obra todo en todos”, es de Él de quien dimana la fuerza para que como la sal, la luz y el fermento, aun siendo muy poca cosa, podamos dar fruto.


¡Qué descanso!: dar “sabor”, iluminar y hacer que la “masa” universitaria crezca convenientemente, no depende únicamente de nosotros: es Él quien tiene este deseo, es Él quien está dispuesto a que los cristianos seamos instrumentos, es a Él a quien preocupa la salvación de todos los hombres.


Entonces, basta nuestra aceptación de servir de instrumentos para la misión. Si, como María, pronunciamos, desde nuestra conciencia de “esclavos”, el Fiat, el Hágase, ofreceremos nuestros cuerpos, nuestros trabajos diarios, nuestras limitaciones y fracasos, nuestros sufrimientos, para ser útiles a la tarea que se nos confía.


Así pues, sabedores de que la fuerza viene de Él, con la concurrencia de la Santísima Trinidad toda, sin darnos cuenta, estaremos sirviendo a la causa en nuestra vida universitaria.


No obstante, una cosa es imprescindible: que no nos opongamos a la Gracia, que nuestro afán de ser no nos convierta en enemigos de Dios. ¿Qué es preciso para ello? Desde luego, vivir unidos a la Vid (cf. Jn 15, 5). Hacer uso de las armas de que dispone un cristiano, esto es, ejercitarse en la oración, el ayuno y la limosna. Nuestra oración, que ha de ser constante, nos ayudará a permanecer en Él, en Su amor. Lo demás, vendrá por añadidura.


¿En qué se nota si estoy unido a esa Vid?, ¿a qué me impulsa ser un sarmiento de ella?, ¿de qué manera vivo como cristiano?


Seguramente se reflejará en el cumplimiento del deber, en la actitud ante el estudio y el trabajo diarios, en la forma de afrontar el sufrimiento y el fracaso, en el amor al prójimo… En definitiva, en todas las cosas de la vida diaria en la universidad; yo no estudio o preparo mis clases para “triunfar”, sino porque esa es la voluntad de Dios en mi vida: hago lo que Él me manda. Ciertamente, será algunas veces con sufrimiento, tendrá lugar, en ocasiones, sin ser reconocido; y eso me sumirá en la invisibilidad, en que no se necesariamente se me note mucho; mas tampoco la sal es perceptible y, sin embargo, da sabor a la comida; como tampoco la levadura se ve en el pan, pero le ha hecho pujar. Sí, los cristianos seremos en la universidad un tanto invisibles, mas, sin duda, nuestra callada actitud, dará su fruto; de la misma forma que el grano de trigo, cuando desaparece (cuando muere), da mucho fruto (cf. Jn 12, 24).


Y un motivo último de tranquilidad: podemos con S. Pablo decir “todo lo puedo en Aquel que me conforta”. Contamos nada menos que con la ayuda de una de las tres personas de la Santísima Trinidad: Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén (…) y hasta los confines de la tierra (Act 1, 8).


Recemos, ayunemos, demos limosna. Firmes en la fe, pidamos a Dios la ayuda para vivir como Hijos suyos; también en la universidad. Ser sal, luz y fermento, será una consecuencia.


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