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Creados a imagen y semejanza

En mi último artículo hablé de la creación del universo. Quisiera recrearme en este escrito sobre la creación del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. En el primer relato de los siete días, Dios utiliza su palabra para crear, llamando a la existencia aquello que no existía. El relato está estructurado por medio de tres expresiones que se van repitiendo: “hágase”, “paso una tarde... Paso una mañana…” y “vio Dios que era bueno” Al llegar al hombre, Dios entra en diálogo consigo mismo “hagamos” y toma su tiempo sabiendo que la criatura que va a crear, la va a dotar de un ser como el suyo. “a imagen y semejanza de Dios los creo, hombre y mujer los creo” Y, al contemplarla, terminó afirmando: “ que el hombre era muy bueno”.

En el segundo relato de la creación del hombre, Dios crea a través de sus manos. Dios se embarra modelando de la arcilla al hombre y soplando sobre él su aliento de vida. Es en este relato donde apreciamos las dimensiones antropológicas del hombre. Dimensiones de obligado desarrollo para que nuestros deportistas sean personas dignas de practicar con nobleza sus respectivas disciplinas deportivas.

Siempre se ha creído y se nos ha dicho que un jugador de fútbol solo necesita una buena condición física que le prive de las lesiones y que le permita afrontar con resistencia un partido o un campeonato. Muchos club poseen la figura de un buen preparador físico, de fisios adecuados, de un readaptador deportivo, no se escatima para que el jugador siempre esté en forma y rinda al máximo.

Desde hace unos años se ha comenzado a hablar de otro condicionante para el deportista que nos sitúa en la segunda dimensión de la antropología adecuada. Este segundo estadio es la psique o lo que ahora modernamente se llama “la salud mental” El deportista, cada vez más dado a una montaña rusa de emociones, sentimientos y estados de ánimo, necesita equilibrio y saber gestionar las victorias y las derrotas afrontando psicológicamente cualquier condicionante que le impida realizar correctamente la práctica de su deporte.

Por última, nos queda la dimensión más importante y, por desgracia, la menos cultivada por la inmensa mayoría de los deportistas actuales. Se trata de la dimensión espiritual. Este tercer estadio te hace entrar en diálogo con el trascendente para sentirte “imagen y semejanza”, para descubrir su abrazo en los fracasos y su mano generosa en las victorias, para ser agradecidos con la vida, para ser más respetuoso con el rival y para que, dando testimonio de vida espiritual, el deporte se ennoblezca y se magnifique con la presencia de Dios.

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