Testimonio Pedro José Ortuño Pastor
- Pedro José Ortuño Pastor
- hace 2 horas
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Siempre he pasado mi vida haciéndome preguntas, sin respuesta un gran número de ellas. Solía pensar que la ciencia me respondería muchas de mis dudas. Decidí estudiar Biotecnología por la mezcla de ciencias tecnológicas con ciencias sanitarias. Decisión que me abrió muchas puertas mentales y me condujo a escenarios que anhelaba descubrir, sin embargo, me supo a poco; la ciencia me supo a poco. Alguien me dijo algún día que la ciencia se limitaba a explicar “¿cómo?”, pero que no le preguntara el “¿por qué?”. También Albert Einstein englobaba estas preguntas existenciales en «misterios de la naturaleza» y me escudaba en ello para poder convivir con las grandes dudas. Más tarde descubrí que Albert Einstein fue creyente cristiano (en esos momentos me parecía algo antagónico la ciencia y la fe). Profundicé en psicología y fui a terapia para resolver ciertos problemas que me han ido ocurriendo y limitando en mi vida emocional, pero también acudía sediento de respuestas a un lugar equivocado, donde el “¿por qué?” de las cosas seguía siendo un misterio incompatible con mi tranquilidad mental. Ahí intenté rechazar mi genuina forma de ser: profundamente analítica e introspectiva. Después entendí que quien desea vivir en libertad no puede negar que es quien más debe potenciarse. Desde ese momento mi objetivo en la vida ha sido, y es, ser libre; desligarme en la mayor medida de lo posible de las condiciones sociales, culturales y aprendizajes que nos someten a una ignorancia tan grande como irreconocible.
Nací en una familia donde la espiritualidad ha sido poco desarrollada, a caballo entre el agnosticismo y un leve cristianismo no practicante. Resulta difícil profundizar en estos temas cuando no han sido inculcados desde bien jóvenes, mayoritariamente porque el entorno, amigos, familiares de un grado más lejano, y planes, que se desarrollan alrededor ha de ser compartido en estos términos. Es corriente que se formen congregaciones con la espiritualidad como factor común, por eso es que no he conocido demasiadas personas creyentes a lo largo de mi vida que pudieran estimular esto en mí.
Adentrados los 22 años y sumergido en un completo ateísmo, recién graduado de la universidad, mi mejor amigo falleció por muerte súbita. Este fue mi primer encuentro con la muerte que dejó un profundo y amargo vacío en mí difícil de revertir. Pronto apareció un actual gran amigo, de hecho, una de esas medias naranjas que encuentras por el camino. Me propuso ir a misa a lo cual me mantuve reticente aunque accedí. Recuerdo tener en ese momento serios prejuicios y asociaciones poco positivas con la Iglesia y demás temas en relación, tanto sociales como políticos, pero ese día recuerdo pensar -Dios, si tienes que decirme algo, estoy abierto completamente a escucharte-. Ese mismo día experimenté una tranquilidad que nunca antes había sentido. Al domingo siguiente volví a aparecer en la parroquia en el último banco y se me acercó Don Pedro, el párroco y mi padre espiritual, que se dirigió a mí directamente:
- ¿Cómo te llamas? ¿Qué te trae por aquí? - me preguntó.
- No lo tengo muy claro porque yo no creo en estas cosas, pero el domingo pasado también vine y me sentí muy bien, así que vengo a repetir- respondí sorprendido ante su presencia.
- Como dice Chesterton “cuando entro a la iglesia me quito el sombrero, no la cabeza”- me contestó sin dudarlo.
Eso fue todo lo que necesitaba para sentirme completamente abierto a seguir desarrollándome en este camino, probablemente porque siempre asocié un gran dogmatismo irracional con todo lo que tenga que ver en la religión, algo que me resultaba poco atractivo. Además, yo soy científico, y desde mi ignorancia eso me hacía no pertenecer a ese escenario. Desde ahí, no recuerdo la semana que no acudí a misa al menos una vez. Ese fue mi primer año de oposición (que finalmente fueron tres) y sin duda era lo que me hacía recargar la batería para poder seguir manteniéndome estable con mi propósito académico.
Comenzando en mi conversión, siempre lo que más me ha costado ha sido aceptar dogmas de fe. He descubierto que la fe se vive de manera muy individual y cada persona en la parroquia tiene una película diferente en la cabeza, por eso siempre he pensado que los dogmas de fe son para quien los quiera/pueda interiorizar.
He sentido un profundo descanso al experimentar la existencia de un Dios, que es amor, que es el motor de todo. Ha sido revelador para mí que desde la fe todo tiene un “¿para qué?” y me ha permitido entender que no toda responsabilidad de lo que ocurre reside en mí. Él está ahí para mí, tiene un plan para mí, me construye y me modifica en la medida que él quiere para convertirme en un mejor «yo» cada día con lo malo que me ocurre, y me bonifica con lo bueno que me pasa. En mi tercer y último año de oposición, tres meses antes del gran día del examen, tuve un problema de salud. Debido a una hernia de disco lumbar no podía sentarme en una silla, tomaba 18 pastillas analgésicas al día para poder continuar cuando lo único que se me proponía curativamente era la cirugía, idea que me dejaría sin poder hacer el examen y rechazaba completamente. Le pedía a Dios que me diera las fuerzas para estudiar de rodillas doce horas todos los días y aunque a veces me sentía estúpido confiando en Él, día tras día tenía la certeza de que me estaba ayudando por ese deseo irrefrenable que me mantenía firme en mi camino. Nunca le pedí que me concediera mi plaza porque eso era cosa de Él y respetaba el camino que me pusiera por delante. Yo me sentía bendecido cada mañana por la fuerza que tenía; me sentía imparable a pesar de todo. Desde que he sacado la plaza, le agradezco a Dios todos los días, formándome en mi campo y poniendo a los pacientes que tenemos en el centro de todo porque tengo la certeza de que Él me ha llamado para desempeñar esta función, al menos por el momento.
Hasta mi incorporación al hospital sentí un fervor tan grande por Dios que algo me decía en mí que me volcara a expandir su mensaje. Tuve serias dudas sobre si me estaba llamando para el sacerdocio, pero tan pronto como empecé mi especialidad en el hospital, entendí que lo que me apasionaba de esto era evangelizar y reproducir el mensaje de Dios al mundo; quería explicar a las personas lo que yo había sentido por el sentimiento de admiración a Dios, y también a mi párroco. Sin embargo, luego entendí que podía hacer esto en ambientes donde la fe es dudosa en numerosas ocasiones como en el laboratorio del hospital (Don Pedro, el párroco, fue quien me ayudó a darme cuenta de esto) sin ser sacerdote.
En verano de 2025 tuve una hemorragia cerebral y me fue difícil de aceptar, también con Dios -¿Por qué permites que esto me pase a mi después de todo?- le preguntaba frustrado. Esta ha sido una época difícil para mí en la que me he enfrentado a los misterios más grandes de la vida. Ahora sé que me ha concedido una lección que no es posible aprender sin pasar por esto. Ahora valoro la vida de una manera muy diferente y me siento renacido, porque Él me enseña que de mucho mal puedo sacar mucho bien.
Como conclusión, desde que soy cristiano hace tres años, soy mejor persona, soy más humilde, vivo más feliz, trato mejor a mi entorno y me trato mejor a mí.
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