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Creerse cuentos o estar en la realidad


Hace unos días escuchaba en la radio una entrevista con el novelista Fernando Aramburu, quien comentaba su nueva novela Hijos de la fábula, un relato sobre dos jóvenes que se han tragado los mitos del nacionalismo vasco más alucinante y deciden ser aprendices de activistas. Me acordé de un reciente editorial en el prestigioso semanario inglés The Economist, que bajo el título de “El fin del pensamiento mágico” se refería a las ilusorias promesas que se hicieron para animar a votar a favor del Brexit, y que se mostraron, eso: ilusiones. Fábulas y pensamiento mágico son hoy moneda corriente en el ambiente cultural y político. Es bueno que lo tengamos en cuenta para preservar la salud del sistema político.

Cuando era joven estaba convencido de que a medida que mejorara la cultura y las personas estuvieran más educadas, tendrían un mayor sentido crítico y no se dejarían embaucar por falsas promesas. Era cuestión de tiempo y de que creciera un sistema sin censuras y de debate público abierto, además de elevar los niveles educativos, para que la mayoría de la población aprendiera a creer de forma razonable, filtrara mejor las noticias y mensajes que recibía y se volviera más crítica. Tengo la impresión de que ha ocurrido lo contrario: se han refinado mucho más las técnicas de persuasión, de propaganda y de transmisión de noticias falsas, con lo que ha aumentado la manipulación y los niveles de creencias erróneas. Contamos con técnicas mucho más eficaces, incluso apoyadas en algoritmos e inteligencia artificial, para reforzar ciertas creencias o reducir nuestra mentalidad a visiones simplistas y polarizadas de lo real. En ese contexto es fácil que nos creamos toda una serie de cuentos que unos y otros tratan de difundir para provecho propio, en un sistema de mercado político en que todo vale con tal de vender la propia mercancía, y de superar al contrario.


Los ejemplos están a la vista: los populismos de uno y otro signo se basan casi siempre en fábulas o cuentos que nos pintan una realidad fantástica si hacemos caso a sus mensajeros o a sus propuestas. Ya no hablamos de ideologías, que eran discursos mucho más serios y mejor trabados, se trata simplemente de historias fantásticas, de pensamiento mágico, que nos halaga y por el que tenemos una cierta debilidad. Los nacionalismos suelen explotarlo también, y contamos con ejemplos recientes muy cercanos. La cuestión es que es fácil y cómodo creer esos mensajes, y la política, o mejor la propaganda política, suele basarse en la oferta de esas historias fantásticas que nos encanta escuchar y nos gustaría que fueran verdad. También propuestas como las del transhumanismo pueden ser asociadas a ese mismo modelo de pensamiento mágico, que describe un futuro fantástico gracias a los avances de la ciencia y las nuevas tecnologías. No es extraño que tengan tantos seguidores y capten nuestro interés, aunque en el fondo no son más que cuentos.


Me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí, o que ha cambiado para que sea tan fácil conquistar a la gente con fábulas. Un factor que ha cambiado en las últimas décadas es que hay menos religión, o que la gente ha dejado de creer en las propuestas cristianas, a las que se les hace poco caso. Lo irónico es que dicho escepticismo hacia lo religioso se ha compensado con una fuerte credulidad hacia propuestas seculares a menudo bastante fantásticas.


Puedo poner un ejemplo personal a la inversa: había un tiempo en que yo y muchos de mi generación creíamos en la política; nos desengañamos poco después. También hubo un tiempo en que creía en la economía, en la ciencia, en la capacidad ética de las personas e instituciones; también perdí esa fe tras varios desengaños. Una vez creía incluso en el fútbol; bastaron algunas revelaciones de escándalos en Italia para darme cuenta de que estaba muy falseado ese deporte. Ahora puedo decirlo abiertamente: sobre todo creo en Cristo muerto y resucitado, y pienso que esa fe me ayuda a corregir y filtrar mejor el mundo de creencias en el que estamos inmersos. Lo que quiero decir, es que la fe cristiana – bien entendida – puede ser un antídoto ante los cuentos y los engaños que nos quieren vender.


Puede objetarse que muchos cristianos, sobre todo evangelistas, también caen en esos cuentos y se creen las mentiras del populismo. Es cierto. Este dato nos obliga a refinar más el punto anterior: la fe cristiana necesita también el apoyo de la razón, para evitar caer en el fanatismo y otros excesos negativos. Ya lo advertía el recordado Papa Benedicto XVI, quien abogó desde el inicio de su pontificado por una buena relación entre fe y razón para que la fe fuera creíble. Este es un punto que han olvidado muchos de los que se apoyaban en él para justificar sus propios programas. Parece que no es la sóla razón o la sóla fe la que tienen la clave, sino una conjunción de ambas.


Hace años que colaboro con el proyecto Creditions, basado en la Universidad de Graz (Austria). Se trata de estudiar y conocer mejor las creencias y el proceso de creer. Un apartado es el estudio de las falsas creencias y porqué tienen tanto atractivo y enganchan a muchos. Un ejemplo es el reciente libro de Stuart Vyse, The Uses of Delusion, con el paradójico subtítulo, Why It’s Not Always Rational to Be Rational. Ese punto ha hecho que algunos reivindiquen una “ética de las creencias” y la necesidad de educar para creer de forma más justa y razonable. Creo que la fe cristiana, que tiene una larga experiencia en el tema de creer y su complejidad, puede aportar mucho a esa causa.

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