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Cuál es la estructura conceptual interna de la encíclica



Después de haber visto en los temas anteriores cómo la idea principal de la encíclica es que el hombre necesita juntamente de la fe y la razón para poder elevarse a la contemplación de la verdad e iluminar el por qué la encíclica se llama Fides et ratio (la fe y la razón) y no al revés: Ratio et fides (primero la razón y después la fe), puesto que la respuesta a la pregunta de quién es el hombre no la puede responder la razón instrumental (en la medida en que el hombre no es una “cosa”, sino un “alguien”) y corresponde propiamente a la fe, que es el modo propio de conocer de las personas a nivel inter-relacional y la verdad profunda del hombre está en la persona de Cristo (por haber sido creados a imagen y semejanza suya), conviene ahora que nos adentremos en cuál es la estructura conceptual interna de la encíclica para poderla comprender y ver la profundidad de sus afirmaciones.

 

Consta de una Introducción, 7 capítulos y una Conclusión final, aunque podemos dividirla claramente en dos partes bien definidas: la primera quiere fundamentar el estatuto epistemológico de la Teología Fundamental, que es la rama de la Teología a la que le corresponde tratar el tema central de las relaciones que han de mantener entre sí la fe y la razón (esta primera parte abarca desde la Introducción hasta el capítulo cuarto, que lleva por título precisamente la “Relación entre la fe y la razón”), mientras que la segunda parte asienta las propuestas futuras de mutua colaboración o armonización entre la fe y la razón en la labor teológica de la Iglesia.

 

La primera parte se puede comenzar a leer por el capítulo cuarto, en el que se hace un resumen histórico de las relaciones que mantuvo la fe cristiana desde su nacimiento con todos los centros de pensamiento de entonces (desde el famoso discurso de san Pablo en el Areópago con epicúreos y estoicos) hasta el proceso de cristianización de la tradición platónica y neoplatónica (con los Padres Capadocios o Dionisio Areopagita y sobre todo el genio de san Agustín de Hipona), hasta llegar a asimilar e integrar la tradición aristotélica con la sabiduría de santo Tomás de Aquino, que consigue establecer los principios básicos de la relación entre la fe y la razón). Después mostrará cómo se fue rompiendo esta armonía a causa de una mala comprensión de la razón y la filosofía en la tradición Nominalista, hasta desembocar en el desencuentro actual que domina en la cultura de la modernidad y posmodernidad. 

 

Para poder recuperar la armonía perdida es preciso buscar, antes que nada, cuál es el fundamento de ambas. Es lo que realiza en la Introducción, donde las enraíza en el mismo deseo humano de conocer cuál es el sentido de la propia vida, tal y como se expresa conceptualmente en la máxima del pensamiento griego esculpida en el frontispicio del Oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo”. Se testimonia en este principio una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de calificarse como hombre precisamente en cuanto “conocedor de sí mismo”. Además, este deseo de autocomprensión a través de la conciencia personal está reflejado también en todas las culturas, que plantean las preguntas metafísicas: ¿quién soy yo?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, ¿por qué existe el mal y ¿qué hay después de esta vida? Dios ha puesto en el hombre el deseo de conocer la verdad y, en el fondo, de conocerle a Él a través de ella, para que conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar así la verdad plena sobre sí mismo.

 

El capítulo primero es realmente decisivo para ver las relaciones armoniosas entre la fe y la razón, porque realiza una admirable síntesis de todas las nuevas aportaciones del Concilio Vaticano en las que se sitúa el modo de conocimiento que proporciona la fe en el orden interpersonal, distinguiéndolo y armonizándolo con el que proporciona la razón y sus métodos experimentales de saber. Es la primera vez en la que el Magisterio de la Iglesia deja entrever que la verdad sobre el hombre no es un enunciado o formulación matemática o físico-química, sino la persona de Cristo y, por ello, tan solo se descubre en su dinámica inter-relacional. Cristo es la verdad del hombre y solo en él se la descubre, a través del don de la fe.

 

No solo no son incompatibles la fe y la razón, porque tienen su origen en Dios creador, sino que muestra su armonización en el carácter histórico de la revelación de Dios, donde el hombre la puede encontrar existencialmente. La iniciativa de la Revelación procede de Dios, que quiere invitar al hombre a adentrarse en su comunión interpersonal e introduce en su historia un punto de referencia del cual no puede prescindir si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia, pues ese conocimiento le remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino solo recibir y acoger en la fe para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor de Dios al hombre iniciado con la creación. Esta verdad es ofrecida por Dios al hombre en la Revelación y se inserta en el horizonte de la comunicación interpersonal, impulsando a la razón a abrirse a ella y acogerla.

 

Los capítulos segundo y tercero no hacen sino describir esa relación armoniosa del vínculo interpersonal entre el hombre y Cristo, en lo que tradicionalmente se llama como el “análisis de la fe” o del proceso de conversión del hombre a Dios, donde hay un primer instante de asombro receptivo que ya san Agustín describió como “creer para entender”, por lo que el título del capítulo está puesto en latín: “credo ut intellegam” (que traducido es “creo para entender”). Pero no basta con ello, sino que se requiere un segundo momento de acogida interpersonal de la fe, que viene titulado con una expresión propia del creador de la Escolástica, san Anselmo de Canterbury, para describir la “fe que busca entender”. De nuevo aquí el título del capítulo tercero aparece en latín: “intellego ut credam” (que puede traducirse como “entiendo para creer”). En otras palabras, la fe requiere de la inteligencia humana para asentir y luego no prescinde de ella, como si la fe fuera irracional o la razón no tuviera ya valor, sino que la incorpora al deseo originario de buscar la verdad.

 

La segunda parte de la encíclica comprende los capítulos quinto, sexto y séptimo, en los que se abren nuevas perspectivas de colaboración entre la fe y la razón a través de la ciencia teológica, encargada de iluminar el sentido profundo de toda la realidad humana para orientarla hacia Dios. En el quinto se trata de rehabilitar la comprensión de la misma razón, denostada por la posmodernidad, en el sexto se amplía el método teológico en su cooperación circular con la filosofía y en el séptimo abre a la teología al análisis de nuevos temas. La Conclusión retoma la idea principal: fe y razón se ayudan mutuamente, ejerciendo recíprocamente una función de examen crítico-purificador y de estímulo para progresar en la verdad, por lo que aquello que está en tela de juicio, en el fondo, es la verdad del hombre.

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