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Dios en el centro del drama humano


Las tragedias provocadas por los terremotos de Turquía y Siria, cuyas imágenes y testimonios hemos podido ver y escuchar con total asombro, han ido llenando nuestras retinas de dolor y sufrimiento, de llantos, pérdidas y muertes. Miles de hogares han perdido el color para verse en la negritud de las sacudidas de una naturaleza cargada de misterio.

Por otra parte, de nuevo está callada -centradas todas las miradas, los  debates y la prensa en la situación tan enmarañada de la política española- la  mayor crisis migratoria y humanitaria en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial. Según el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans  Timmermans, es «una crisis mundial que necesita una respuesta europea».


Ante el drama humanitario que se está viviendo en el Mediterráneo y en muchas fronteras de Europa, ante las grandes desgracias de magnitud insospechada, ante el duelo de las víctimas de los terremotos, ante la martirizada Ucrania o las tremendas noticias que llegan de Nicaragua y tantas otras situaciones de crisis en Etiopía, Birmania, Yemen o Afganistán, por nombrar tan solo algunos de los grandes focos de los tantos lugares de dolorosos conflictos, guerras, hambruna y miseria,… los cristianos hemos de gritar una palabra profética sobre las crisis para abrirnos los ojos unos a otros a una realidad que nos sacude y que pide el compromiso de toda la sociedad.


¿Cómo garantizar los derechos humanos y la dignidad de miles de personas que emprenden la travesía más dura de sus vidas buscando un futuro mejor? ¿Cómo ser “mantas” que abriguen tantas desgracias tan extendidas o cómo ser pan que alimente el hambre de quienes lo han perdido todo, hasta las ganas de luchar y vivir? Miles de hogares han quedado sin futuro y otros quedan vacíos, sin vida interna, en el abandono de quienes arriesgan todo por encontrar algo, con la única esperanza, muchas veces, puesta en Dios y en la capacidad de acogida del ser humano.


Y millones de personas, adultos, niños y jóvenes, ancianos imposibilitados, enfermos y desesperados, se suman al grito desgarrador, y a la crucial pregunta que enloquece a quienes desearíamos otro tipo de evidencias: ¿Dónde está Dios en estas y tantas otras tragedias? ¿Dónde está Dios en tantos desastres tan difíciles de encajar por la psicología y la debilidad humanas? ¿Dónde está Dios cuando se agrieta la tierra y todo se hunde en un pozo de destrucción y muerte? ¿Dónde está Dios cuando el mar embravecido engulle como gigante atroz a sus humildes e indefensos navegantes? ¿Dónde está, nuestro Señor, en los despachos y en las reuniones de quienes firman y permiten, con excesiva frecuencia, muchas crueles atrocidades?


A las puertas de celebrar la Semana Santa sólo  encontramos, una vez más, una respuesta que ha de hacernos reaccionar:  Dios está en medio del sufrimiento de la gente inocente. Dios está en las  víctimas, en los que quedaron sepultados bajo toneladas de escombros, en  los que se vieron sorprendidos por el “paso de la muerte” sin poder  reaccionar y escapar de sus garras. Dios está con-sufriendo en ellos. Dios  está en los que pudieron luchar y afrontar in situ o salir de sus países, en los  que aguardan en el monte Gurugú, y en tantos montes, a pie de vallas  asesinas. El Dios, que descubrimos en la cruz de Jesús, está en los  damnificados sobrevivientes que lo perdieron todo. Ahí está Dios. “Porque  tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…” (Mt  25) 


Dios nos presenta, como respuesta al sinsentido de la destrucción, de la desgracia tan brutalmente recreada y de la muerte tan masivamente impuesta, a Jesús muerto y resucitado. Él es la única respuesta. Escuchándole a Él, contemplándole a Él, siguiéndole con autenticidad y coherencia evangélica, iremos encontrando pistas para nuestra actuación profética.


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