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La Encarnación: el estilo de Dios

Un año más nos encontramos ante el tiempo fuerte, maravillosamente bello, de la Navidad. Esta vez en medio de un contexto de crisis generalizada, de tremendos frentes abiertos en guerras que destruyen la fraternidad humana, de bastante falta de aliento y, para muchas familias, entre situaciones conflictivas y problematizadas.

 

La reflexión que ofrezco pretende aportar algunos rasgos de la importancia y la espiritualidad que, de fondo, podemos descubrir en el Dios encarnado en Jesús. Así lo escribe Mateo en continuidad al profeta Isaías: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá de nombre Enmanuel, que significa Dios-con nosotros”. (Mt 1,23).

 

Según esto, en la encarnación, que es el estilo pastoral de Dios (actitud que hemos de llevar a nuestra vida si queremos ser semejantes a Él) podemos descubrir varias cosas:

 

  • Que Jesús es la imagen visible del Dios invisible y nos saca así de la perplejidad pues se nos da a conocer;

 

  • Que la encarnación es el momento donde el “eterno” se hace “temporal”, con lo que introduce en nuestra temporalidad un valor de eternidad;

 

  • Que, en la encarnación, al asumir Dios nuestra condición humana, la transforma, haciendo que lo humano adquiera valor divino.

 

Pero, sobe todo, quisiera resaltar los siguientes rasgos, que considero esenciales, y que pueden iluminar nuestra vivencia de cara a la Navidad que se aproxima:

 

1.    La Encarnación es la cercanía de Dios, el descenso de Dios:

 

El movimiento del Dios que se acerca a la humanidad es el DESCENSO. Su forma de hacerse cercano es descender. San Jerónimo lo expresa con una expresión profunda: “se anonadó”, es decir, se hizo “nada”, poca cosa.

 

Es la respuesta de Dios al movimiento de Adán (representante de cada hombre, de cada mujer). El movimiento de Adán es hacia arriba: quiere ser como Dios, es orgulloso y quiere engrandecerse. En el fondo, todos llevamos dentro de nosotros al primer Adán. Nos gusta sobresalir, quedar por encima, figurar. Dios hace lo contrario: Se despojó de su rango y se hizo uno de tantos. Recordamos la lectura de Filipenses: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”. (Flp 2,6-8).

 

El descenso es el estilo de Dios y sólo será nuestro estilo si también descendemos, nos despojamos y, desde la sencillez de nuestro barro, nos entregamos. La encarnación podemos decir que es el primer gesto de “agacharse” de Dios a lavar los pies de la humanidad, que recordamos el Jueves Santo.

 

Un Dios así, es un Dios solidario con nuestras crisis, con nuestro barro, con nuestros sufrimientos.

 

2.    La Encarnación nos revela el valor divino de lo humano pequeño


Dios nace niño, en el seno de una familia pobre y en un humilde pesebre, sin grandes alambiques y en circunstancias cotidianas. Y ello nos revela la importancia de lo sencillo, de lo diario, el valor de lo humano pequeño, de lo humano débil. Su encarnación es tal, que uno de los modos esenciales de presencia que Jesucristo nos dejó, es en los pobres. Recordamos el texto de Mateo: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme...Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 35 ss).

 

Y esto mismo también nos lanza a darle importancia a nuestro quehacer habitual. En cada instante de nuestra vida, podemos darle, a nuestros gestos sencillos, a nuestras pequeñas actitudes, un valor de eternidad.

 

3.    Los adverbios de Dios


La encarnación nos pone al descubierto cuales son los “adverbios de Dios”: ABAJO – CERCA – DENTRO. ¿No son los nuestros muchas veces los contrarios: ¿Arriba – lejos – fuera? Posiblemente sea esta la razón, entre otras, por la que, con tanta frecuencia, nos cruzamos, y no terminamos de encontrarnos con Él.

 

Dios, en Jesús encarnado, empeñado en bajar, en acercarse, en aproximarse a cada cueva, a cada noche, a cada llanto. Nosotros, obstinados, mientras tanto, en subir, en apartarnos, en distanciarnos de las noches, de los llantos y de tantos espacios donde el Señor, con su nacimiento, nos aguarda.

 

Hemos de aprender a usar los adverbios de Dios. Dios miró hacia abajo, nos vio a nosotros y se hizo solidario. Si miramos hacia arriba es fácil descubrir a otros más “altos” que nosotros, triste torpeza humana que genera, en tantos, sentimientos tan dolorosos como la envidia, los celos y la rabia. Si miramos hacia abajo, es probable que encontremos a otros peor que nosotros y, entonces, puede surgir la solidaridad, la compasión y la mano tendida. Las mismas lecturas de este tiempo de Adviento nos animan a trabajarnos para preparar el camino del Señor en este sentido: “Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale” (Is 40,4). Solo “allanando” podremos preparar “una calzada para nuestro Dios” (Is 40, 3). Me fascina como lo expresa el Salmo 112: “¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que habita en las alturas y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo”. Esta es la dinámica de la encarnación.

 

Dios es un Dios filántropo, es decir, amante del hombre, de la mujer, de cada ser humano. Es el rostro de Dios que nos muestra Jesús de Nazaret. El que no se queda en su cielo, sino que se abaja, se hace cercano y se inserta dentro de nuestra historia.

 

La Navidad es tiempo propicio para llevar a la vida de cada día el estilo pastoral de Dios: la encarnación. Tiempo para preguntarnos sobre cada uno de esos adverbios:

 

ABAJO: ¿De qué posiciones, actitudes... me tengo que “bajar”?

 

CERCA: ¿De quién o de qué tengo que estar cerca?

 

DENTRO: ¿Dónde tengo que involucrarme más?

 

¡Que nuestra Navidad sea, en este sentido, una auténtica ENCARNACIÓN!

 

¡Feliz Navidad!

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