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Médicos de sanos, médicos de enfermos

“¿Por qué a los hombres les preocupa tanto la belleza de su cuerpo y no les importa la belleza de su alma?” Se trata de una de las reflexiones que nos dejaba el inesperado joven beato de nuestro tiempo y juventud, Carlo Acutis (de quien recientemente se ha estrenado una película dirigida por José María Zavala, titulada “El cielo no puede esperar”); el Padre nos lo brindó solo durante 15 años, llevándoselo en 2006 a causa de una Leucemia, y ahora contamos con su intercesión en el cielo como beato, ejemplo formidable para la juventud y si Dios quiere futuro santo. Él mismo afirmaba: “Estoy feliz de morir, porque he vivido mi vida sin desperdiciar un minuto en las cosas que no agradan a Dios”. Léase de nuevo esta frase y que el lector deje que penetre en cada esquina de su Alma.


Una vez hecho esto seguimos, si se me permite, con una interjección al estimado lector: quienes trataban a Carlo Acutis, ¿trataban con un sano o un enfermo?


La Organización Mundial de la Salud (OMS), desde 1948, define la salud como: “estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Todo ello surge tras haber sufrido la humanidad el terrible vértigo del abismo que se abrió con las dos Guerras Mundiales y demás acontecimientos de sobra conocidos, en la primera mitad de nuestro siglo XX, resurgiendo de entonces un Ser Humano que a través de distintas vías ansiaba la eternidad, incluso creyendo que todo lo previo había de ser desechado o como mínimo rehecho. Se desea percibir una unidad mente-cuerpo-alma, que se procura alcanzar desde actos sencillos hasta de las formas más extravagantes, a la misma vez que se intenta dar la apariencia de que nada externo a uno mismo va a influir en el devenir que cada persona, en su individualidad, habrá de alcanzar. En ella, la religión queda como un molesto compañero de vida, sin que tengamos el valor de reconocer que aparecen insulsos remedos de religión que promueven las ideologías y ese monstruoso conglomerado de valores gobernados por la relatividad del “éstos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros” (atribuido al genial Groucho Marx, pero realmente procedentes de un periódico de Nueva Zelanda en 1873). Y el resultado, querido amigo, está muy claro: una sociedad egoísta, desconectada de la humanidad, que encierra a sus fantasmas en toneladas de hormigón armado de indiferencia.


Si se me permite, a la definición mencionada de la OMS, yo añadiría que la salud es todo lo dicho “a pesar de la presencia de afecciones o enfermedades”. En mi corta, pero intensa, experiencia como profesional de la Medicina son incontables los pacientes que he encontrado que a pesar de su enfermedad no dejan su esencia nunca atrás, y que pelean por mantenerse fieles a su originalidad, especialmente cuando tienen a seres queridos cerca. Pero especialmente me conmueven todos aquellos que tienen la certeza de que Dios está con ellos en todo momento, sin tener con ello que pensar que esa enfermedad o afección tenga que ser obligatoriamente un mensaje o un castigo, sino una prueba más de la vida de la que van a sacar la mayor recompensa posible. Porque el Agua Viva solamente la puede dar Él. En ese caso me puedo sentir más como un médico de enfermos, cuando es objetivable una enfermedad en el plano físico, y por supuesto también mental; salud mental, aquella esfera tan aparentemente presente en nuestros días, pero a la que, reconozcámoslo, cargamos de prejuicios y condenas extremadamente injustas, quedando en los suburbios de nuestra sociedad como ese inevitable recuerdo de que somos vulnerables.


Sin embargo, en cada vez más ocasiones, descubro que mi servicio como médico he de prestarlo como un “médico de sanos”, a saber, un médico que atiende a un paciente en el que no se ha comprobado que esté afecto por ninguna enfermedad física o mental, pero en el que persiste una sensación de malestar y desasosiego, que incluso se puede catalogar como sentirse enfermo. Enfermo de soledad, enfermo de insignificancia, enfermo de nihilismo, enfermo de porqués sin respuesta, enfermo de ego, enfermo de contaminación ideológica, enfermo de engolados logros profesionales, enfermo de sexualidad sin amor, enfermo de amor no correspondido, enfermo de problemas sin cumplir, enfermo de dinero, enfermo de verse a la deriva. En ellos la Medicina no es eficaz y su abordaje se deja en manos de una sociedad decadente y sin escrúpulos, que le receta fórmulas magistrales compuestas de una amalgama de soluciones inmediatas, compañías eventuales y condicionadas por el momento, que desvirtúan los verdaderos y plenos placeres que nos regala este maravilloso Mundo que Dios nos ha regalado, creando una sociedad que mira más el reloj y el calendario, y menos a los ojos de mi prójimo.


No deseo en ningún caso menospreciar la labor médica, profesión que amo y que siento que Dios me ha regalado, sino instar a ese corazón sediento a que luche por acompañar a esas almas a la deriva, que gritan en la noche oscura de la desesperación.


Carlo Acutis, por su parte, vivió en nuestro mundo hace muy poco, y según muchos de sus allegados se podría definir como un chico “normal”, que tenía consola, vivía cómodamente, vestía bien y viajaba. Él lo tenía claro, incluso en el incomprensible sufrimiento de su leucemia: “Nuestra meta debe ser lo infinito, no lo finito. Lo infinito es nuestra patria. El cielo nos ha estado esperando desde siempre” y “La Eucaristía es mi autopista hacia el Cielo”. Solo con el ejemplo de la entrega en cuerpo y alma de Cristo tenemos más que suficiente para entender cuál es el camino que debemos seguir si queremos colaborar en sanar a la persona en su totalidad, prestando especial atención a lo que podríamos llamar “enfermedad del Alma” o “enfermedad espiritual”.


La licencia del Médico de Sanos no se expide en ninguna Universidad; lo más seguro es que la otorgue Aquel que nos dará esa agua con la que nunca más tendremos sed.


Mientras tanto, diagnostiquemos con la mirada comprensiva, la escucha atenta, y establezcamos planes terapéuticos con la oración, el rogar intercesiones del Cielo, el abrazo, el buen consejo, el “aquí estoy y estaré”, la entrega con toda el alma.


Y por cierto, vean la película “El Cielo no puede esperar”.


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