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Mis recuerdos de la universidad


Muchos años han transcurrido desde que hice de la universidad mi casa hasta el día de hoy.  Allá por 1977, temeroso ante lo desconocido marché a Granada para estudiar Teología alternando en los primeros años con la carrera de Filosofía. ¡Qué distintos eran los ambientes de la Facultad de Teología de Cartuja, por una parte, y la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación, por otra! El único nexo en común era su cercanía pues estaban una al lado de la otra.

Aquellos años eran unos años convulsos pues estaba recién estrenada la Democracia y los movimientos reivindicativos en las facultades civiles eran constantes. Fue un año casi totalmente perdido en lo referente a Filosofía, apenas tuvimos dos meses completos de clase y los exámenes finales fueron meros trámites. Afortunadamente, las aguas se calmaron y los siguientes años, aunque las reivindicaciones siguieron, ya eran de manera diferente y menos agresivas.

Después de unos años en Granada volví a Murcia para realizar los estudios de Magisterio e Historia Antigua y Arqueología, primero la una y posteriormente la otra. ¡Cuánto había cambiado la Universidad en unos años! Mis recuerdos de aquellos años son extraordinarios: estudio, debate, compañerismo, incluso existía una relación muy estrecha entre alumnos y profesores hasta tal punto que las relaciones entre algunos compañeros han perdurado en el tiempo al igual que con algunos de aquellos profesores. Desgraciadamente muchos de éstos últimos han fallecido ya. Pero es ley de vida.

Uno de los recuerdos más gratos es haber formado parte del grupo de estudiantes de Antigua y Arqueología; cómo iniciamos las excavaciones, capitaneados por los profesores de la especialidad, del teatro romano de Cartagena. Hoy en día, al visitarlo siempre me viene a la memoria el recuerdo de aquellas semanas donde todavía no se intuía lo que había debajo de aquellas toneladas de escombros: ¡una maravilla! Quedará siempre ese hermoso recuerdo de poder decir: aquí trabajé yo y aporté mi pequeño grano de arena.

Eran años de fiesta pero también de mucho estudio, de enormes sacrificios ya que no había dinero en las familias como ahora, de trabajo estival para poder ganar algún dinero con que complementar la beca para no ser gravoso a los padres, etc. Pero todo tiene su recompensa y la felicidad de haber tenido una formación profunda y variada en varias ramas del saber.

Hoy llevo ya muchos años ejerciendo el sacerdocio y también de profesor en el Instituto de Teología San Fulgencio de la Diócesis de Cartagena. Todo lo que aprendí en los años de Universidad puedo ahora aplicarlo a la docencia y ver sus frutos en las nuevas generaciones.

No puedo pasar de estos recuerdos sin hacer mención a una segunda etapa en la Universidad, pero ya en una acción distinta: Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria.

Fueron ocho años muy interesantes pero también muy duros por las circunstancias que existen hoy en día en la Universidad. En aquellos tiempos de formación, la gente era muy reivindicativa en lo docente pero también muy sana en lo personal. No existía tanta acritud hacía la Iglesia, la fe, los cristianos en la vida pública… Cada uno tenía sus propias creencias y existía un respeto por las creencias del otro.

En este sentido, sí noté, como Delegado de Pastoral Universitaria, una acritud tanto por parte de los estudiantes como de muchos profesores y personal no docente, no todos; los había también excelentes cristianos y profesores que aportaron también su pequeño grano de arena en las actividades de la  Pastoral Universitaria, y jóvenes magníficos que colaboraron en las mismas. Pero no dejaba de ser una pequeña isla en medio de un mar de increencia y secularidad donde no se respetan las ideas del otro y donde parece que la universidad fuese patrimonio de algunos en todos los sentidos. Y el  que piense de otra manera, no tiene derecho a existir.

Creo que ahora se va a la Universidad y antes se hacía Universidad. Los tiempos han cambiado mucho. Pero ello no es obstáculo para seguir en la brecha y seguir trabajando por acercar la fe al ámbito universitario y facilitar que tanto profesores como estudiantes tengan un ágora de reflexión sobre los problemas de hoy y sobre el diálogo fe-cultura, tan necesario en nuestros días y en estos tiempos de increencia y secularidad. Y, para ello, los medios actuales, las nuevas tecnologías, que en aquellos tiempos no existían, hoy son una aportación extraordinaria para este diálogo ya que facilitan el acercamiento y el diálogo incluso sin necesidad de estar presentes. Esos medios hay que aprovecharlos lo mejor posible y me consta que así es.

En fin, si hubiese que hacer un balance, diría que mis recuerdos de la Universidad son extraordinarios en todos los sentidos y animo a los responsables de la Pastoral Universitaria a seguir trabajando en ese, tan necesario, diálogo y en dar un espacio para expresar su fe a aquellos que, desde su militancia cristiana, tienen en la universidad su segunda casa y es allí donde tienen que dar razón de su esperanza y de su fe y aportar su experiencia al ámbito universitario, porque la verdad no es patrimonio de nadie: ¿tu verdad, mi verdad? Busquemos juntos la Verdad.

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