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Se la pedí al Señor

(Sb 8,17-21)

 

Ésa es la condición para recibir a nuestra amiga la Sabiduría. Y su origen es divino, de Dios procede. Y en esto está nuestro amigo Salomón pensando. Ya la conozco, ya la quiero como ella se merece. ¿Qué toca hacer ahora?


Pues lee estos pocos versículos y el mismo Salomón te lo va a decir, que él lo hará mucho mejor que yo.

 

Pensaba en estas cosas

 y reflexionaba sobre ellas en mi corazón:

 la inmortalidad consiste en emparentar con la sabiduría, 

18en su amistad se encuentra un noble deleite,

 hay riqueza inagotable en el trabajo de sus manos,

 prudencia en la asiduidad de su trato

 y prestigio en la conversación con ella.

 Así pensaba tratando de hacerla mía. 

19Era yo un muchacho de buen natural,

 me tocó en suerte un alma buena, 

20o mejor dicho, siendo bueno, entré en un cuerpo sin tara. 

21Pero, al comprender que no la alcanzaría, si Dios no me la daba

 —y ya era un signo de sensatez saber de quién procedía tal don—,

 acudí al Señor y le supliqué, diciéndole de todo corazón:

 

Todo sucede en el corazón. Nos imaginamos al rey sabio dándole vueltas por dentro a qué es lo que tiene que hacer. La palabra “corazón” se repite al principio y al final de este corto texto (cfr. Sb 8,17.21). Es un recurso literario muy habitual en la Escritura. Consiste en repetir la misma palabra, o la misma expresión, al principio y al final de un texto para enmarcarlo. Es un modo de señalar la unidad del texto.


Pensaba en estas cosas y reflexionaba … Así pensaba tratando de hacerla mía (Sb 7,17-18). Los dos primeros versículos son como un resumen de lo último que hemos visto. Nos imaginamos al jovencillo Salomón contemplando lo buena que es la Sabiduría y el deseo tan grande que tenía de poseerla, de unirse a ella para siempre con una unión exclusiva.


En los dos versículos siguientes se mira a sí mismo. Salomón es consciente de los muchos talentos que le ha otorgado la naturaleza. De por sí ya tiene muchos dones. Y esto lo explica de dos formas diferentes. Puestas en paralelo, como si pudieran intercambiarse. Aunque la verdad es que toma la forma de una corrección, como si la segunda fuera más exacta que la primera. Eso es lo que puede significar la expresión que solemos traducir como mejor dicho (Sb 8,20).


Recuerda que ya te he explicado varias veces que este libro tiene una muy buena concepción de la naturaleza material, de la Creación en general. Y por ello también del cuerpo humano.


Por eso la persona humana se puede entender de dos modos diferentes. O bien primero tenemos el cuerpo al que se le añade posteriormente el alma (cfr. Sb 8,19). O bien, mejor dicho (Sb 8,20), dice el autor, el alma, que ya es la persona, viene a vivir dentro de un cuerpo.


Aunque marque la prioridad del alma, no se olvida de la bondad del cuerpo que también forma parte de la persona. Recuerda que en los textos que nos hablan del final de los tiempos se deja entrever la posibilidad de que recuperemos nuestros cuerpos. Y al final se llega a la conclusión. Se da cuenta de que sólo hay un modo de obtenerla, y es que Dios te la dé (cfr. Sb 8,21). La Sabiduría es un don, una gracia. Usa aquí el autor el término que solemos traducir por “gracia” y que aparece el en Nuevo Testamento más de cien veces, que son muchas, para designar la salvación que viene de Dios, gratuitamente, por medio de Jesucristo.


Amigo, ya lo tienes todo. Ya has conocido a nuestra amiga la Sabiduría y sabes lo buena que es. Ya deseas tenerla contigo para toda la vida. Sabes que es Dios el único que te la puede dar.


¿Qué es lo que tienes que hacer?

Pedirla.

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