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Que sea Tu voluntad, no la mía


¿Cuándo confiamos de verdad en Cristo? ¿Cuándo realmente dejamos que sea todo su voluntad y no la nuestra?


Si hay algo que podemos afirmar sin equivocarnos es que, hoy día estamos rodeados de pruebas constantes, momentos difíciles y decisiones duras. Vivimos en una sociedad en la que, bajo mi punto de vista, la realidad se nutre de fachada. Todo tiene que ser felicidad, risas y mucho ruido. Como decía una amiga mía, “mucho ruido para que no duela ná”.

Seguro que habrás leído el título del artículo e inmediatamente habrás pensado, pereza. Estoy contigo, joven, la gente está cansada de charlas y sermones. Todo ser humano necesita ver, sentir y conocer para captar su atención, y como es obvio, para también creer.


Desde que tengo uso de razón, en casa me han enseñado en primera línea lo que es poner a Cristo por delante de tus pasos. Tengo tan solo veinte años, estoy en segundo de carrera, y para qué negarlo, mi día a día es un constante caer y aprender. Llevando esto último a la autocrítica, a veces no es tanto que ponga por delante a Cristo -que queda muy bonito- sino que, además de hacerlo, tener presente en todo momento que Él va por delante.


Esto implica tener muy claro que las cosas no siempre van a salir como uno quiere. Es entonces, una vez que algo no sale como deseamos, cuando cuesta tanto creernos que Él va de guía en esta excursión, y también cuando más nos cuesta seguir diciéndole que sí, que sí confiamos en todo lo que Él quiera, cuando Él quiera y donde Él quiera.


Ante esto, considero que tenemos la imagen de un Dios resuelve vidas, controla problemas y aprueba exámenes. Qué poco nos cuesta rezar cuando tenemos un examen importante, y qué pérdida de tiempo eso de ir a misa un domingo a dar gracias.

Me gusta hacer referencia a ello, una historia que me contaron hace un par de semanas.

Una madre estaba con su hijo en el hospital, al que justo acababan de someter a una cirugía. El hijo miraba a la madre y con tal de mirarla ya se sentía seguro. Él era consciente de que la madre no podía hacer nada más que darle compañía. El cirujano sería quien operaría, el anestesista quien aplicaría un plan de anestesia idóneo. La madre, en cambio, es quien pregunta si ha dormido bien, ofrece agua, y quien agarra la mano de aquel niño en todo momento.


Dios no va a coger el boli y se va a poner a hacer ese examen tan importante pero, ¿Cuánta tranquilidad y confianza recibes en ese momento en el que terminas de rezar y comienzas a escribir? Es inexplicable.


Nos cuesta ver que Dios no nos va a quitar el dolor, ni nuestras obligaciones. Va a ayudarnos a abrazar cada una de nuestras cruces, a sentir cariño hasta en el sufrimiento más diminuto.


En los problemas no está un solucionador, sino un amor. Ante las cruces Él nos ayuda a sentir su amor a través del propio dolor. Por eso me gusta decir que Dios, no es que exista, Dios es. Por existir, existen más de un millón de montañas, cientos de lagos, los mejores móviles, la ropa más fashion, animales, insectos y un largo etcétera. Dios es.

Se nos olvida que Él también vivió el sufrimiento, el agobio, la humillación, Él se hizo carne, Él también estuvo aquí, como tú, como yo.


El Señor se hizo por amor, y ahí está su poder. Uno de los problemas es que nos cuesta confiar y nos da vergüenza pasear débiles por este viaje, cuando en realidad, Jesús entra con la potencia del amor mucho antes de que se lo pidamos.


Vivimos además en un mundo desordenado, donde el centro de nuestra vida, en vez de estar en el amor, está en llevar la razón. Preferimos tener la razón, antes que tener paz en el corazón. Es este, bajo mi punto de vista, uno de los aspectos que más despedazan el corazón, humildad, docilidad del ser humano, y que por consecuencia dificultan la convivencia entre nosotros.


Ya para terminar, quiero invitarte a que te des a conocer, que se note que eres Cristiano. Da tu testimonio de todo lo que Dios va haciendo en tu vida, no de tus logros. Y sobre todo, dile que sí sin miedo y agradece todas las dificultades y cruces que te ha puesto en el camino.


¡Benditas heridas que nos han acercado hasta el amor de Dios!

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